Para que el gaucho no muera…

Osiris Rodríguez Castillos: una poética historiocrítica

Por Hamid Nazabay

Buena parte de la obra poética (y musical) de Osiris Rodríguez Castillos (1925-1996) está signada –predestinada, más bien- a revolver en la historia uruguaya. A resignificar aquello que puede, en apariencia, desde una perspectiva inalterable y obstinada, mostrarse como antiguo, mítico o –incluso- como trivial anécdota. Nada más lejos. Con un “canto de pico y pala” (al decir en su poema Grillo nochero), fue laborioso y consciente: deconstruyó perspectivas históricas erráticas por más funcionales que fueran, por más historiográficas que estas se preciaran.

Es real que esa visión hacia su obra no es unánime. Ni siquiera compartida entre sus degustadores más distinguidos. Las más de las veces a Osiris se lo hace deambular entre un tradicionalismo redivivo o un elitismo artístico enmarcado en el folklorismo. A veces, esta oscilación se troca en mezcla, en amasijo de preconceptos. Quizá se oculta en esa paleta la despolitización y un pretendido impolutismo ideológico. Tal vez es mejor la inocuidad social del arte, sobre todo cuando este mueve y remueve las bases de un paradigma historicista conveniente.

Sin embargo, Osiris sí es un tradicionalista; y sí es un esteta musical y poético; pero no de “esos”: ni un conservador de lo autóctono ni un predicador de la alta cultura. Es un “tradicionalista militante”, como sugirió en la solapa de “Entierro de carnaval” (1960), para que “quizás un día pueda el gaucho cruzar el mar” … Y es también un artista excepcional y singular; de objetivos muy claros. No se trata su obra del arte por el arte. Tampoco de validarla con un discurso político o ideológico. En Osiris el arte es; y el contenido del mismo deliberado, con una intencionalidad comunicante sin demagogias.

La recuperación del gaucho o su salvación (y no la festejada preservación como aparato de captura que lo inmoviliza en su sentido y legado) es lo que ocupa a Osiris. Su asunto es el gaucho y no un gaucho. Quizá cualquier gaucho, o todos contenidos en esa figura arquetípica que desde el inconsciente colectivo y cultural emerge con la escritura como método conscientizador.

Uno de los ejemplos más contundentes de ello es Canción para mi guitarra, poema contenido en su primer libro, “Grillo nochero” (1955). Allí, el instrumento musical mencionado (y con este toda la obra osiriana), más allá de ser un elemento vocacional, existencial y metafísico que lo ubica como sujeto de la historia en clave social crítica, tiene por cometido específico “que el gaucho no muera…”; el final del poema seña la cuestión:

Para que el gaucho no muera.

Para que nadie me diga

que ha muerto hace mucho tiempo,

crucificado en la risa,

con un alambre de púas

como corona de espinas.

Hay confesión y pretensión. Pero, sobre todo, el descubrimiento de la guitarra. Revelación montaraz; en un marco (el monte) que aparece resignificado como ambiente místico para que –desde la madera- el sujeto se eleve, iniciado, hacia la trasmutación lírica. La guitarra, entonces, desemboca (como teleología subjetiva) en un índex de la trama hereditaria que llega “por la sangre más antigua”.

Le hallé de niño, en el monte

y ahorcada por las enviras;

pozo de tiempo, su boca

conservaba todavía

plumas que fueron de un nido,

de alguna cabeza indígena,

o de las alas de un canto

que amaneció en agonía…

[…]

mi raza siempre la tuvo

sobre el pecho; estremecida

[…]

Y era túmulo de historia,

color de tierra erigida

[…]

… Me corrió un frío de pena

por la sangre más antigua.

El autor declara el amor y el lazo indeleble, contumaz e irrefrenable que lo une a ese instrumento. Asimismo, no es ese amor el romanticoide, el imaginario y proyectivo de irrealidades y apercepciones tendenciosas más personales y sintomáticas que el hecho en sí.  O sea, no es –en este caso- el que asimilaría burdamente guitarra a mujer. Menos el que muchas veces –con vulgaridad emblemática- la caricatura, en un estropeo geométrico comparativo, caderiza a la guitarra o la encorda y le tañe cabellos cual coiffeur perverso. No. O no de ese modo protosimbólico, representacional tan concreto y empobrecido. Con Osiris la visión será estética y en su esencia sublimatoria. Sí está presente lo femenino (es inherente) como gestión ancestral para modelar una guitarra arquetípica que, por simbología natural, hará su agenciamiento cultural en la pradera platense. Se trata de aquello que devendrá en el acontecimiento gaucho y en la génesis de una ontología nueva (o renovada).

… Y yo la encontré en el monte

y ahorcada por las enviras.

[…]

Con varios filos de lunas,

le fui cortando las fibras

que apretaban entre sombras

su largo cuello de niña

[…]

Me la traje, sol afuera

[…]

cuando escampan las lloviznas,

le escuché medroso el pecho;

la abrigué con mis caricias

[…]

… hice una escala

luminosa, de agua limpia,

para entrar a mi guitarra

como a una gruta perdida;

y allí estaba el olvidado

cielo de la gauchería

[…]

cerca de Dios, en la noche

donde la copla suspira…

El poeta, una vez revelada la guitarra y la salvación amorosa que se hace de ella, desplaza su deseo hacia la utopía: “que el gaucho no muera…”. Enunciado con el que, leído así, se debe ser cuidadoso y ubicarlo en el ambiente del poema. El cual, más allá de trasuntar casi una cosmogonía y una filogénesis gaucha, encubre la pasión por la libertad. 

Si bien Osiris deja entrever una paráfrasis nietzscheniana, nihilista (el gaucho ha muerto), al decir que no muera más bien plantea una agonía o una posibilidad reversible, cuasi milagrosa, por eso apela al cristianismo. No plantea una resurrección. Mucho menos la sola y reiterada evocación, aquella del tradicionalismo. Evidentemente cree que en “la sangre más antigua” de cada habitante de esta región puede aún perdurar lo gaucho y desde allí volver a él para desplegarlo socialmente.

Es interesante cómo el elemento cristiano aparece de forma flagrante. No quiere que le pase al gaucho lo mismo que a Jesucristo, el traicionado (y tradicionado), el perseguido, al que el sistema buscó aplazar e intentó deshacerse, hasta que corpóreamente lo logró. Sin embargo, aquél resucitó, sobre todo popularmente: por los siglos de los siglos su ejemplo sigue vivo, aunque manipulado eclesiásticamente. Similar cuestión planteó Osiris para con el gaucho. Leemos allí el sincretismo, la recuperación de una religiosidad. Tal vez la búsqueda de un arquetipo que con su numen pulsione la liberación espiritual, material y social al modo de la teología de la liberación, para estar “cerca de Dios” y bajo el “cielo de la gauchería”, pero de otro modo y en tierra.

La crucifixión que ve Osiris para con el gaucho es tan sólo una consecuencia de la injusticia que sobre él recae. Igual que con Jesús. Esa fue sólo la concreción de una sucesión de hechos premeditados. Como con el gaucho. La cruz ya se le anunciaba. Desde que fue carne de cañón en “patriadas” finiquitadas en naciones artesanales, en países de charreteras trocadas en cargos públicos. Después, irreciclable en la estancia, su trajinar será residual hacia una deriva marginal suburbana y hasta delincuencial de metrópoli: subalterno, sí, pero no contracultural, esto –en tal caso- es lo que Osiris deslizaría subliminal y pretendidamente.

Un elemento más resalta. Osiris se resistía al anuncio del genocidio gaucho no solamente en la actualidad del poema, sino en la historia. Porque esta no sólo lo condena como sacrificado. Sino que, en exhibición pública, quedó “crucificado en la risa”. Esa risa (de fines del siglo decimonónico e inicios del novecientos) circense y teatral que los dramas gauchescos, los sainetes y la escena rioplatense (con todos sus fines loables y estimables) había exaltado y desperdigado concibiendo imaginario. Aquello era, más que reivindicación bienintencionada, mofa y sarcasmo (aun conviviendo con los matreros representados, con los que el público sí se identificaba). También sumó sus granos de arena (o de tierra) la literatura gauchesca del momento, concebida por “puebleros puetas”, universitarios de hobbies camperos y afición rural.

El teatro rioplatense, sin quererlo –a veces, cuando personificó al gaucho-, indujo al malentendido. Porque el gaucho tramposamente movió a risa por la extravagancia con que era figurado, por su amaneramiento excesivo, por sus gesticulaciones elocuentes e inflexiones vocales discordantes. Aquél que acaso fue un ser taciturno y huraño se representa histriónico, como a un excéntrico empedernido. Así, la risotada lo crucificó; le dio captura y lo estereotipó. Osiris pretende salvarlo con la literatura y la música. Salvarlo para la libertad colectiva.

Aun, sobre el final, más que interesante es la alusión a la corona de espinas como elemento que le provocó todo el dolor y el escarnio público a Jesús. La del gaucho será de alambre de púas. El alambramiento es el símbolo de la disolución del gaucho. Es el proceso, civilizatorio y de mejoramiento racial del ganado, que lo marginaría de la seccionada producción apoyada en “recursos humanos” bien gestionados. El sistema no lo integró. Salvo que el gaucho se reciclase en paisano, se amansase en peón, en aquel que –en esa nueva estancia, entre otros comportamientos pasivos y serviles- ya no carneara para comer a arbitrio. Allí donde ahora las achuras –el resto, el sobrante de la res; no la carne- serían glorificadas como bacanal de auto dignidad y exaltación de la pobreza como emblema moral y educativo (predicamento de clase dirigente, adjudicado a sectores populares y asumido por estos, más todavía en el medio rural).

De tal forma, la conexión por parte de Osiris, entre estos procesos culturizadores (alambramiento, teatro rioplatense y literatura), es brillante. Cuando finaliza el alambramiento de los campos (1882) es cuando se inicia dicha escena teatral (1884) y lo gauchesco se despliega en papel impreso. El primero, deja al gaucho agónico; los otros, se ríen de él. Y así la cultura (nuestra) lo acepta. Quedando lo rural, salvo excepciones (Osiris, entre otros), como artículo de segunda a la hora de crear artísticamente, o como evocación de tilingos nostálgicos; lógica perpetua, según parece.

Asimismo, con toda esta parafernalia literaria, bien sustentada, sólida y consistente, es claro que Osiris no hace apología de la barbarie. No considera al gaucho un bárbaro: por algo le atribuye religiosidad, abnegación en la lucha patriótica para transformar la realidad, sentido estético a través de la guitarra y la palabra y socialización “en la comunión del fuego”. Apela, colocándolo como arquetipo, a la búsqueda de ese ser social regional que intuye genéticamente y que desea emancipado, descolonizado y con proyección futura, en pugna por un

pago azul, recuperado

para el tropel de la cifra;

para que el alma de España,

le cante a la raza india…