Panorama de la poética de Antonio Machado de Soledades a Campos de Castilla

por Damián González Moreira

Introducción:

Antonio Machado (1875 1939) fue uno de los poetas más destacados de la generación del 98. Educado bajo la influencia de los Institutos de Libre Enseñanza, Machado conservaría su proximidad con la concepción de la naturaleza aprendida por la influencia krausista de su abuelo Antonio y del instituto en el cual se educó. Esta concepción del hombre y la naturaleza tuvo influencia en su poesía, en donde se constata la presencia de la naturaleza traspasada por su concepción del tiempo. Según podemos ver en el análisis de Alonso a propósito de la noción de temporalidad, en Machado “el poema ha de estar basado en la intuición del poeta; en la intuición vivida, por tanto, temporal” (Alonso, 160).

Es en los poemarios Soledades, galerías y otros poemas (1903-1907) y Campos de Castilla (1912) donde se expresa esta “intuición” vivida a través del tratamiento del espacio, entre otras cosas, a través del diálogo entre pasado y presente.

Soledades, galerías y otros poemas:

El primer libro de Machado es, según considera Enrique Baltanás (Baltanás, 2000), un viaje hacia la niñez, donde realiza una visita al Palacio de las Dueñas. Allí nació el poeta y la arquitectura de aquel edificio quedaría para siempre su recuerdo. El palacio con inmensas galerías sería, según Baltanás, una motivación que da origen a Galerías que posteriormente vendrán a complementar a las Soledades. Al mismo tiempo este motivo se conecta con el primer texto de Campos de Castilla. Se trata del poema «Retrato», donde el poeta recuerda y nos trae la imagen de aquel sitio de la infancia en una introspección melancólica que será una de las características constantes en la poesía de Machado. A nuestro entender la diferencia entre uno y otro volumen radica, entre otras cosas, en el tratamiento de la alteridad. En Soledades, galerías y otros poemas el mundo exterior es un instrumento del que se vale el poeta para expresar su interioridad, y por lo tanto para verbalizar un diálogo interior restringido al campo de lo íntimo. En Campos de Castilla el paisaje es un espacio de encuentro donde se patenta el encuentro de los hombres y la naturaleza. Mientras en el primero, de influencia simbolista, el paisaje es un recurso para darle voz a la interioridad del sujeto de la enunciación, en el segundo libro Machado parece buscar otro tratamiento más objetivo. Así pues parece darse en el poeta un proceso de reflexión acerca del quehacer poético que Dámaso Alonso califica de «crisis de crecimiento». Consiste en el abandono del solipsismo por la búsqueda de una apertura que le permita cierta objetividad poética para captar una «realidad» exterior. Por esta línea, el mismo Dámaso Alonso dice al respecto: «las Soledades y Galerías eran paisajes de ensueño y de prodigio, los Campos de Castilla eran paisajes y vía de la realidad castellana, y todo en ambos libros movido o traspasado por un sentimiento vivísimo: el alma del poeta proyectado sobre su creación, traspasándola, fundida con ella». (Alonso, 149)

A los efectos de ilustrar las afirmaciones anteriores, seleccionamos el siguiente texto perteneciente a las Galerías.

LXXIV

Tarde tranquila, casi…

Tarde tranquila, casi

con placidez de alma,

para ser joven, para haberlo sido

cuando Dios quiso, para

tener algunas alegrías… lejos,

y poder dulcemente recordarlas.

(Machado, 124)

Si bien el texto no formaba parte del conjunto de poemas publicados en 1903, entendemos que refleja en grado sumo las características propias del primer período machadiano. En él se observa la sobriedad que el autor busca al revisar los textos y editar Soledades, galerías y otros poemas. Sobriedad que consiste en apartarse de los tópicos modernistas de la forma y la sonoridad tan vigorosos en Rubén Darío. Con este objetivo Machado suprime alguno de los textos que originalmente componían Soledades, y se distancia del nicaragüense. En su prólogo a Páginas escogidas (1917) el poeta manifiesta abiertamente:

“Como valor absoluto bien poco tendrá mi obra, si alguno tiene; pero creo –y en esto estriba su valor relativo- haber contribuido con ella, y a la par de otros poetas de mi promoción, a la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero amor para futuras y más robustas primaveras” (Machado, 67)

“A través de Mairena, nuestro autor ofrecerá una visión que concuerda con ese criterio que los llevó a operar los cambios en el texto de 1907 cuando dice: “Huid del preciosismo literario, que es el mayor enemigo de la originalidad. Pensad que escribís en una lengua madura, repleta de folklore, de saber popular, y que ése fue el barro santo de donde sacó Cervantes la creación literaria más original de todos los tiempos.” (Cit. en Velasco, 2). Amén de estas correcciones se conserva a través de este texto perteneciente a las Galerías el tono introspectivo y la impresión paisajística para expresar la interioridad del poeta.

El texto seleccionado no refiere directamente a un espacio geográfico, a un paisaje preciso, solo a través de la tarde se da una ubicación temporal. La serenidad de la tarde no es una simple referencia al clima; sino que a través del sustantivo «tarde» se alude al lento proceso inexorable de culminación del día, aunque la presencia del «alma» dota al tiempo y al espacio de una eternidad que dura lo mismo que la evocación. Enseguida surge un elemento que rompe con la serenidad, la referencia a una juventud pasada torna a la imagen en una inevitable melancolía que surge entre la oposición del tiempo presente (lo que es) y el tiempo pasado (lo que fue). «Haberlo sido cuando Dios quiso» nos muestra la conciencia del poeta de la marginación respecto del estado al que le gustaría volver. Pero no sólo se trata de la pérdida de la juventud si no que ésta se da por la voluntad divina, generando en el sujeto de la enunciación la conciencia de no contar con la voluntad divina para estar donde quiere estar; y por tanto significa un reconocimiento de su adversidad y de lo que no puede dominar, el paso del tiempo y la voluntad superior. También parece ser propicia la tarde «para tener algunas alegrías», pero como se trata de la evocación de un estado al que ya no se puede volver, el placer del que se ve despojado el yo lírico es sólo accesible a través de la contemplación lejana del recuerdo de lo inasible. Podemos relacionar esta percepción del paso del tiempo con el ya conocido símbolo del río heraclitano, a propósito del agua, José Pedro Díaz señalaba (Díaz, 1969): “el agua que corre es casi el acompañamiento constante de la poesía de Machado”, en este sentido la inclinación hacia los temas metafísicos será un rasgo cada vez mayor en Machado.

Campos de Castilla:

Seleccionaremos dos fragmentos del poema “Campos de Soria” (I y IV), a modo de ilustración de las características señaladas en Campos de Castilla en lo referente al tratamiento del paisaje:

I

“Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.”

(Machado, 154)

Como se aprecia en los títulos del libro y el poema que se cita, el paisaje es objeto de canto, ya no como símbolo de la interioridad sino como prosopopeya que representa la unicidad de lo colectivo. El hombre está ante la naturaleza desnuda de una Soria “árida y fría”, donde a pesar de la rudeza climática, “el campo sueña” en un constante claroscuro de hostilidades y delicadezas del paisaje que es sublimado por el pasaje de la primavera y sus “diminutas margaritas blancas”.

Aunque “la tierra no revive” no se apaga la esperanza marcada por la necesidad y “el campo sueña”. El mes de la primavera llega pero aún “está nevada / la espalda del Moncayo”. La presencia del hombre se explicita al final de la estrofa, luego de presentado el medio hostil en donde “caminantes” y “labradores” se adaptan y se protegen con “bufanda” los primeros y “luengas capas” los segundos.

El deseo final del poeta a la tierra de Soria será “que el sol de España os llene/ de alegría, de luz y de riqueza”

IV

(…)

“ y tras la yunta marcha

un hombre que se inclina hacia la tierra,

y una mujer que en las abiertas zanjas

arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,

en el oro fluido y verdinoso

del poniente, las sombras se agigantan. “

(Machado, 155).

En ese clima duro, el hombre “se inclina hacia la tierra”, sus esforzados brazos se empeñan en arar la tierra “árida y fría” en donde la mujer “arroja la semilla”. Esta labor conjunta de hombre y mujer desafía la inclementica del terreno y, pese a las adversidades, esperan con su esfuerzo obtener frutos. La vida del hombre soriano se nos ofrece en el texto como una porfiada labor de sembradío en tierra “árida”, donde la naturaleza demanda el esfuerzo total. Así “las sombras se agigantan” en un cuadro donde el hombre está inmóvil en su tarea mientras el atardecer se avecina en “una nube de carmín y llama”.

Machado y la generación del 98

Mientras que en Soledades, tal como ha señalado Alonso, “el poeta atribuye al paisaje el estado anímico que él para sí desea” (Alonso, 143), en Campos de Castilla encierra una nueva etapa marcada por la necesidad de otra visión. Los biógrafos atribuyen esta modulación poética de Machado a dos sucesos fundamentales, la muerte de Leonor y la preocupación creciente, en el marco de su generación por “el problema de España”. Así también lo entiende José Pedro Díaz en el marco de la generación: «la preocupación por el destino de España es la preocupación de la generación del 98, están todos hermanados en la crisis que viene del 98, es la autorreflexión de España sobre sí misma, en eso [Machado] está con todos» (Díaz, 29).

La coyuntura de crisis y caída del imperio español que conmocionó fuertemente en el imaginario colectivo agudizando la incertidumbre de identidad del país, que adolecía de grandes diferencias prolongadas durante décadas entre conservadores y liberales, acrecentó la incertidumbre identitaria también en el plano artístico. En ese sentido, González Torresabunda:

“A finales del siglo XIX España cruza por un periodo de hondas conmociones, no sólo en su aspecto político, sino también en el artístico. Es el periodo del realismo literario, realismo que cristaliza en una actitud de análisis frente a todos los problemas por los cuales está pasando la península. Esta actitud de sereno planteamiento de problemas históricos y sociales (…) es la que asumirán los intelectuales españoles después del desastre de la Guerra Hispanoamericana. Ellos vuelven los ojos a sus vísceras espirituales después del desastre de Cavite, Cuba y Puerto Rico, buscando consuelo al desequilibrio moral en que se encuentran sumidos. Este período de la literatura española se conoce con el nombre de la generación del 98.” (González Torres, 120).

Desde las letras nuestro poeta tampoco estará ajeno ante esta crisis, así puede verse, por ejemplo, en los “Proverbios y cantares” incluidos en Campos de Castilla:

LIII

“Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo te guarde Dios.

una de las dos Españas

ha de helarte el corazón”

(Machado, 229)

En medio de la incertidumbre reinante marcada por un período de necesaria transición del imperio (“España que muere”) a una España liberal sin ideas (“España que bosteza”) hay un “españolito que viene al mundo”, que habrá de lidiar con esas dos Españas lo paralizará también a él. No aparece una opción renovadora más que el mismo “españolito”, en la medida que la juventud representada en el “españolito” no encuentre una tercera vía, ha de ser paralizado también por el problema de España. Aunque no puede decirse que sea un llamado a la juventud, podemos decir que el tono del texto permite concluir la necesidad de encontrar una salida que no sea la representada en el problema de las dos Españas.

La crisis española lejos de encontrar una vía, en poco tiempo se vería sumergida en una guerra civil, luego de la victoria de la Segunda República. El levantamiento fascista liderado por Franco llevaría a una dictadura que duró 36 años en la que fueron ejecutadas cerca de 50 mil personas y casi medio millón marcharon al exilio. Antonio Machado fue uno de los escritores que se definió a favor de la República, lo que le costó el exilio. En una carta fechada en el 20 de febrero de 1937, dirigida a David Vigodsky, hispanista ruso, Machado expresa:

“…me tiene usted al lado de la España joven y sana, de todo corazón al lado del pueblo, de todo corazón también enfrente de esas fuerzas negras ─¡y tan negras!─ a que usted alude en su carta. En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid que ha asombrado al mundo” (Cit. en Granata, 10)

Y agrega luego: “Por de pronto me tiene usted en Valencia (Rocafort) al lado del gobierno cien veces legítimo de la gloriosa República española, sin otra aspiración que la de no cerrar los ojos antes de ver el triunfo definitivo de la causa popular” (2009a: 360-361). (Cit. en Granata, 11).

Si bien es cuestionado el compromiso de Antonio Machado con la causa republicana, tenemos una serie de discursos pronunciados por el poeta, donde manifiesta su posición, ejemplo de ello es el discurso pronunciado el 1° de mayo de 1937 ante las Juventudes Socialistas Unificadas, o a través de Mairena en Hora de España.

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Bibliografía

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González Torres, Rafael. (s.f.). Antonio Machado y su tiempo. Centro Virtual Cervantes: Actas XXXIII (AEPE). Disponible: http://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/congreso_33/congreso_33_13.pdf. Consult. 24 oct. de 2016.

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Ribbans, Geoffrey. (1997). De Soledades a Campos de Castilla. Revista de estudios sobre Antonio Machado. Disponible: http://www.abelmartin.com/critica/ribbans.pdf. Consult. 20 de oct. de 2016