Lo que el viento trajo: Eduardo Martín y Gonzalo Victoria, un ensamble de guitarras.

Por Hamid Nazabay

“El paso de los vientos” es el nombre del tercer movimiento de la Suite Antillas, del cubano Eduardo Martín. También da título al CD de este dúo ocasional de guitarras, que aquí traemos, con el propio Martín y el treintaitresino Gonzalo Victoria. Dicha suite integra, por supuesto, el fonograma, junto a otras obras del compositor mencionado. Se trata de un CD íntegramente versionándolo. El mismo fue grabado en la ciudad de Treinta y Tres, en el Estudio BPM, en 2014 y se editó en 2017. Todo surge por el interés que el joven guitarrista uruguayo tuvo por la obra de su colega habanero. Ambos, con diferencias de edad y de trayectorias, están adaptados a los ensambles guitarrísticos. En el caso de Martín no sólo a dúo. Victoria ha integrado ya tres duetos que dejó plasmados en su discografía. En cuanto a la obra de Martín, el olimareño la había ejecutado antes: para un anterior fonograma titulado “Cita Concertante” junto al chileno Carlos Díaz Miranda.

Eduardo Martín (La Habana, 1956), estudió guitarra con Jesús Ortega y composición con Ángel Vázquez Millares y Alfredo Dieznieto, además de realizar cursos de perfeccionamiento con importantes docentes. En 1985 se gradúa en el Instituto Superior de Arte de Cuba y se desempeña como solista del Centro Nacional de Concierto. En 1987 funda (con Rey Guerra, Carlos Alberto Lloró y Walfrido Domínguez) el cuarteto Guitarra 4. En el ’90 conforma con Walfrido Domínguez el Dúo Confluencia, de profusa trayectoria. Ya en 1995 funda el Cuarteto Imaginario, junto a Francisco Gamallo e Ignacio López (españoles) y su compatriota Domínguez. Obtuvo numerosos premios y reconocimientos. Sus obras integran repertorios de guitarristas de todo el mundo, habiéndose editado sus partituras. El espectro de sus composiciones abarca la guitarra solista, dúos, tríos, cuartetos, flauta y guitarra, flauta y dos guitarras y orquesta de guitarras, además de música para teatro y cine. Es profesor en el Instituto Superior de Arte de Cuba. Su discografía se enmarca en los ensambles diversos que ha integrado y como solista, para distintos sellos de Cuba, Uruguay, España, Argentina, Estados Unidos, Japón, Francia, Costa Rica, México y Suiza.

Por su parte, Gonzalo Victoria (Treinta y Tres, 1987), estudió con Marcos Barrios, Óscar “Laucha” Prieto, Ramiro Agriel, Eduardo Fernández y Carlos Pérez. Es licenciado en Interpretación Musical por la UdelaR y Magíster en Artes por la Universidad de Chile. En este último caso, aprobó con la tesis “Guitarra Olimareña: de lo regional a lo local en la práctica guitarrística de la milonga ‘A Don José’ de Rubén Lena”, un interesante y profundo trabajo (que debería editarse por contener un aporte a la musicología local con una mirada integral). Victoria ha ofrecido conciertos solistas y con orquesta en Uruguay, Chile (donde reside desde hace años), Suiza, Italia, Sudáfrica, Cuba, México, Brasil, Francia, Bolivia, Paraguay y Argentina, realizando en algunos casos estrenos de obras de importantes compositores. En el país trasandino ejerce la docencia y dirige los proyectos de orquestas de guitarras en Peñalolén y Santiago. Su discografía principal integra: Oscar Prieto: Preludios para guitarra (2011), Cita Concertante (con Carlos Díaz Miranda, 2014), El Pozo (como Trobar Mestizo, con Jorge Martínez Flores, 2015), al igual que Cuequerías: para dos guitarras con afinación traspuesta (2016). Además publicó dos libros de poesía, Locuras y tristelogías (2007) y Temporal (2011).

Estos guitarristas, de diferentes edades, países, geografías, pero de un mismo continente aunado desde lo humano, desde estéticas artísticas regionalistas, desde la recreación proyectada de lo más profundo de cada pueblo en su mixtura e impronta descolonizante, conforman un ensamble singularísimo. Esta vez para dar nuevas versiones a la obra de Eduardo Martín, quien se viene encaramando con otros guitarristas para dar vuelo a sus composiciones.

El trabajo deja vectores trazados, en lo estético y metodológico. Es legítima la actitud compositiva y ejecutada por las guitarras –creemos-: se trata de “música para escuchar”, aunque esto parezca una ingenuidad o una ironía. Es algo visible en anteriores trabajos de Victoria y característico de las obras de Martín. Pero que no se lea esto como una nimiedad, como una supina inocencia o una sarcástica sutileza desvalorizante, por el contrario, aludimos a una actitud musical que está aportando justamente eso, la posibilidad de oír la música disfrutándola. Disfrutarla sin un apriorismo analítico o categórico en el ordenamiento del canon guitarrístico, sin una archivología flotante que ubique a las obras en determinada tradición, tendencias, influencias, repertorios, etcétera. No quiere decir que esas líneas no se puedan o no deban analizarse, o que las piezas estén despojadas de eso. Tampoco que no se inscriban y aporten en cuanto a parámetros musicológicos. Sin embargo, lo que aparece primero es la posibilidad de disfrute; porque quizá así fueron compuestas e interpretadas. Esto se puede argumentar para cualquier expresión artística… Es relativo. Muchas veces la creación está mediada por múltiples “intereses”, del propio artista como del medio. A veces estos se despliegan, incluso, desde lo inconsciente o como formación reactiva (algunos llamarían a ello, en sentido ideológico, “resistencia”) al entorno o a las condicionantes que creen repeler, apoyándolas.

En el caso de estas composiciones no parece buscarse un revolucionario aporte a la literatura guitarrística, ni a su técnica, o al establecimiento de un nuevo repertorio y una autoría. Empero, esto se logra. Es un aporte en esos sentidos, no importa de qué calibre, cuál es o será su alcance, lo que importa es que está aconteciendo; y a conciencia. Las obras no están cargadas de tecnicismo guitarrístico per se, hay quienes podrían valorar que hasta se trata de obras sencillas y austeras. Tal vez, sencillas y austeras, pero no simples ni simplistas. En esos elementos están las posibilidades de escucha de una música para guitarra que no está diseñada para guitarristas que escuchan y escrutan. No está pautada para el ambiente específico, para gustar al colega. Tampoco consideramos que sea una obra demagógica, algo que bien puede desprenderse de lo que aquí se escribe.

Se percibe el placer musical y espiritual de un compositor que toma su ambiente, una geografía –topográfica y humana- que es presentada, en algún punto, como nueva. La composición guitarrística cubana (al menos la llegada al Plata), tanto académica como en sus mejores ejecutores nuevo trovanos, remite a otras referencias no siempre locales, o estas aparecen fratachadas de otros elementos. En el caso de Martín surgen una cantidad de recursos de la música popular, del virtuosismo de la misma, de su multiplicidad de colores. Así, son registrados y “estandarizados” esos rasgos para lograr la obra, desde rasgueos y golpes de la mano derecha, arrastres, cambios de acorde mantenido la cejilla, pizzicatos y lo que parecieran ser improvisaciones de momentos anteriores. El trabajo se imprime de un sabor popular, el que tampoco podría ser alcanzado por un guitarrero común, porque además, la concepción de “obra” está marcando a las mismas, algunas concebidas como suites o en varios movimientos. Hay una solidez técnica de los ejecutantes, algo que es obvio, por ser músicos formados académicamente y contar –si bien hay diferencia de edades- con trayectorias muy ricas. Dicha solvencia no queda en la experticia, algo que se da en guitarristas aún hoy, como una esquizoidia entre obra y notas ejercitadas, sino que se le asigna a la soltura armónica una fuerte afluencia melódica.

Lo más logrado y completo es Sones y flores (en coautoría con Walfrido Domínguez). Desde su rítmica riquísima, el virtuosismo de la mano izquierda y del contrapunto, la variedad de matices, así como todos los visos y (“buenos”) vicios de lo popular, hacen de la obra una belleza donde los instrumentos se lucen.

Las dos suites (Suite Habana y Suite Antillas) tienen consistencia y variabilidad en los movimientos, generando un diálogo de los tempos, ambientes y elementos tonales. Sin embargo, creemos que la distancia compositiva entre ambas (1992 y 2007, respectivamente) marca diferencias y trasmite cierta maduración autoral de una a la otra.

Las demás piezas se impregnan de lo popular altamente, por momentos en lo que –como decíamos- parece haber sido improvisado o ejecutando motivos populares con esquemas formales para desplegarse en la dialógica de un dúo. El caso más patente es Hasta Alicia baila, una suerte de “candombeado” (mirando desde Uruguay) con variaciones, tan bello como sencillo, sin mayor dificultad ejecutoria más que la necesaria para el motivo.

En esa conjunción de lo popular es de resaltar la obra Preludio, Rezo y Canto de Obalá (en esos tres movimientos), también en coautoría con Domínguez. Tiene la particularidad, o se destaca –ya que en todas las obras está presente- el mestizaje, pero aquí los africanismos y americanismos más originarios se presentan, incluso en un maravilloso e interesante canto a dúo.

En cuanto al tema Recordando a Piazzolla, es en el que marcaríamos un mínimo reparo: lo que allí aparece es Piazzolla y no Martín, a nuestro criterio, creemos que no aporta algo nuevo a lo hecho por el argentino, ni tampoco –en tal caso- a los arreglos que sobre su obra se han hecho. (Aclaremos que estamos hablando desde el Río de la Plata, donde hay una depurada tradición arreglística de Piazzolla, con los uruguayos Agustín Carlevaro y Baltazar Benítez, por nombrar casos emblemáticos). Sin duda vale el recuerdo a Piazzolla, de todas maneras, y en eso se justifica la obra, la que por recordar a un músico excepcional obtiene gran calidad instrumental.

En lo global del disco se percibe una actitud descolonizadora o, por lo pronto, en franca oposición a Europa, o mejor dicho al eurocentrismo, ya que ambos elementos no deben confundirse. Los colores folklóricos, típicos y de una geografía se ven patentemente expresados, aunque con una creciente estilización que lo desliga de lo popular en sí mismo, como dijimos en su momento. No quiere decir eso, que se intente una prerrogativa de academización de sus elementos populares. La estilización es denotar la mejor versión de lo popular para ponerlo en el marco de una consideración estética válida, progresiva y evolutiva.

De esta manera, lo popular retransmitido, los aspectos folklóricos étnicos y geográficos, colocados en la música de este autor, con esta forma de ejecución, logran acceder a un guitarrismo intersticial. Que hasta puede des-concertar al escucha común de guitarra instrumental. Porque se deslinda de la guitarra clásica, y también de lo popular, generando un espacio intermedio que dialoga con los dos ámbitos, conformando un verdadero sincretismo, como el de los pueblos de los artistas a que nos abocamos.

Entonces, está más presente la guitarra como elemento lúdico. Más como elemento expresivo y artístico que como intelectual y académico, como la sola expresividad de “cultura”. La concepción guitarrística es distinta, absolutamente. Los elementos compositivos están al servicio del arte, de lo musical desembozado, con coloraturas ricas, saliendo de los clisés estipulados que la guitarra “clásica”, la guitarra de concierto, tiene preestablecidos desde los grandes maestros hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

Consideramos que este material es un trabajo que merece su atención, debidamente. Como la trayectoria de cada artista que en él aparece. Sin duda cimenta aun más la de cada uno. Desconocemos qué posibilidades distributivas tiene este CD. Como también qué recepción tendrá en aquellos programas y ámbitos de difusión especializados, los que tampoco son muchos. Evidentemente cada artista, por su parte, en sus ámbitos de inserción mostrará este material generando, como en nosotros, la posibilidad gustativa y crítica. Y porqué no, como de mano en mano, de boca en boca y de nota a nota, nuevas incursiones artísticas, técnicas y difusivas que los acerquen otra vez a quienes se vean reflejados en esta bella música.

[Ficha técnica. El paso de los vientos: Obras de Eduardo Martín para dos guitarras de Eduardo Martín y Gonzalo Victoria. Santiago de Chile, 2017. Editorial (independiente). 8 obras, 15 tracks].