Nueva normalidad

Por Pablo Figueroa

Después de casi un año y medio, el ciclo electoral 2019 – 2020, el más largo de la historia de Uruguay, que empezó con las elecciones internas de los partidos políticos en junio de 2019, llegó a su fin, con las elecciones departamentales y municipales, previstas para el corriente año, pero postergadas por la pandemia del Coronavirus que asola a todo el mundo. Oficialismo y oposición, pusieron todo, en pos de sus objetivos. Para el gobierno, estas elecciones eran la oportunidad de consolidar el triunfo electoral del año anterior, en las elecciones nacionales, y de paso, limitar más aun, a un alicaído Frente Amplio (FA), en pleno replanteo sobre su futuro como fuerza política y retorno a ser oposición. Para el FA, dicha instancia era precisamente, el punto de partida para su reorganización, definición de nuevos liderazgos, reordenamiento de la correlación de fuerzas internas y hoja de ruta de cara a 2024. El triunfo en la mayoría absoluta de los departamentos por parte de la Coalición Multicolor; así como la reelección como intendente del mujiquista Yamandú Orsi en Canelones, y la obtención de la Intendencia de Montevideo por parte de Carolina Cosse, candidata de la izquierda frenteamplista capitalina, confirman los fenómenos que en ambas bloques se vienen procesando desde la anterior instancia electoral de 2019: la hegemonía de la coalición de derechas en el Interior del país, liderada por el Partido Nacional (PN); y, el fortalecimiento del ala izquierda del FA, contendiente principal, aparentemente de aquí en más en su interna, del Movimiento de Participación Popular (MPP). En términos generales, el saldo final fue favorable al gobierno, y negativo para el FA, que perdió tres intendencias, por lo que el viento, de momento, con respecto a las elecciones de 2019, sigue corriendo en dirección derecha.

Aprovechar el envión.

En estas elecciones, el gobierno, el PN, y en particular, el presidente de la Republica, Luis Lacalle Pou, jugaron fuerte. Además de tratar de mantener el control de todas las intendencias que ya ostentaban desde las anteriores elecciones en 2015, los partidos integrantes de la coalición oficialista, apostaron potentemente a debilitar más al FA, buscando arrebatarle, especialmente la Intendencia de Montevideo. Dado el valor electoral y simbólico de la comuna montevideana, bastión fundacional de la coalición de izquierdas, desde el cual se organizó para obtener el gobierno central en 2005, y desde el que se organizará como oposición, de concretarse un triunfo multicolor, hubiese significado un golpe demoledor para el FA. En ese sentido, la candidatura única de la economista Laura Raffo, acompañada de una fuerte campaña publicitaria, presencia casi permanente de la misma en los medios de comunicación, y de la participación activa de gran parte de los jerarcas del gobierno, incluido el propio presidente, se orientó hacia esa meta. Pero pese al esfuerzo desplegado, la votación alcanzada (39 %) fue a la postre, casi la misma que ha venido obteniendo la suma de los partidos tradicionales, el PN y el Partido Colorado (PC), en los últimos 20 años en Montevideo, a los que se agregaron para estas elecciones, Cabildo Abierto (CA), el Partido Independiente (PI) y el Partido de la Gente (PG). Es que el problema de la derecha en Montevideo, es estructural, micropolítico, imposible de ser superado por cualquier ingeniería electoral ocasional, por más sofisticada que sea, al nacer de una decisión política. Desde fines de los 90, blancos y colorados optaron voluntaria, y equivocadamente, por resignar Montevideo, especulando con que, con su dominio en el Interior, dadas las serias dificultades del FA para superar los límites de la capital, les bastaba para sostenerse en el gobierno (lo que implicaba, además, votar unidos en cada balotaje por la Presidencia de la Republica). De esta forma, se lo entregaron en bandeja al FA, que pese a los permanentes conflictos internos y con el sindicato municipal (ADEOM), problemas de gestión, escándalos políticos, casos de corrupción, y en varias elecciones, la presentación de candidaturas poco atractivas por carecer de fuertes consensos en la interna, que convivieron con algunas muy buenas administraciones, ha logrado mantenerse al frente del gobierno de la IM. Paralelamente, la irrupción con fuerza del MPP y Mujica tras la Crisis de 2002, llevando al FA a ganar en varios departamentos del Interior en elecciones nacionales y departamentales, les complicaron más las cosas. Pero esto último, es harina de otro costal. 

Retornando “al abandono” de Montevideo por parte del PN y el PC, este fue primero desde abajo hacia arriba, con el crecimiento de la izquierda en amplios espacios de participación social y ciudadana, de la mano de una intensa militancia, como en la cultura o las organizaciones barriales. Y posteriormente desde arriba hacia abajo, expresado, por ejemplo, en que, salvo honrosas excepciones, como la del hoy senador blanco Jorge Gandini, que durante varias legislaturas fue diputado por Montevideo, casi ningún representante opositor por la capital, prioriza los temas locales, que atañen a su departamento, siéndoles más rentables, personalmente, los de carácter nacional. Esto no es un tema menor, ya que explica las enormes dificultades que han tenido los partidos opositores al FA, para designar candidatos a la IM, debido a la inexistencia de liderazgos fuertes a nivel montevideano, recurriendo como tabla de salvación a outsiders: el penalista Álvaro Garcé y el magnate empresarial Edgardo Novick en las elecciones de 2015; y la reciente candidatura de Raffo. Por el contrario, los pocos liderazgos creados desde la auténtica militancia política, como el del reelecto Alcalde del Municipio CH (correspondiente a los barrios Parque Battle, Pocitos y Punta Carretas, entre los más pudientes de la ciudad), Andres Abt, no han sido potenciados debidamente. El Partido de la Concertación, que en 2015 había permitido a colorados, blancos y otros aliados, competir electoralmente bajo un mismo lema con el FA en Montevideo, pudiendo presentar varias candidaturas mediante el doble voto simultáneo, no pudo ser utilizado en 2020, por no haber alcanzado los 500 votos necesarios en las internas de 2019, para convocar al Deliberativo Departamental que eligiera a él o los eventual/es candidato/s a Intendencia y Municipios, quedando legalmente imposibilitado de competir. Con este panorama, la derecha tiene poco que hacer en Montevideo. Por más tiempo que se postergue la elección, por más atractiva que pueda resultar una candidatura, por más involucramiento del gobierno central en la contienda, el FA ha vuelto a triunfar, sin grandes sobresaltos y a pesar de su crisis, mantiene su bastión principal. 

Ante este escenario predecible en la Capital, y como era de esperarse, las buenas noticias para el gobierno llegaron «tierra adentro». La victoria en el Interior, tal como se vaticinaba, fue aplastante. Solamente el partido del presidente se hizo de 15 intendencias y 86 municipios (a los que se suman los 3 obtenidos en el este montevideano). A estos hay que agregar: la Intendencia de Rivera, en la que el PC fue reelecto, y 3 municipios obtenidos por los propios colorados a lo largo del Interior. En la mayoría de estos triunfos departamentales, la diferencia frente al FA fue abismal, como en Cerro Largo, Treinta y Tres o Artigas, en donde el PN superó el 60 % del electorado. En otros (la minoría), como en Rocha, Paysandú o Río Negro, fue más ajustada. En todos los casos, se dio un mismo fenómeno: un traspaso considerable de votos colorados y cabildantes hacia los distintos candidatos del PN. Sobre todo, esta fue una conducta predominante en Cabildo Abierto. De los 270 mil votos obtenidos en octubre del año pasado, la fuerza política de Guido Manini Ríos, en estas elecciones apenas cosechó 40 mil. Es cierto que la mayoría simple con doble voto simultáneo que rige en las elecciones departamentales, es nociva para los partidos pequeños como Cabildo Abierto, puesto que la competencia real se polariza entre los dos más grandes, que por lo general son el PN y el FA en casi todos los departamentos. Pero la bajísima votación, esperable, en vista de los acuerdos que se venían celebrando entre dirigentes locales del PN y CA en varias zonas del Interior desde comienzos de la campaña, pone en serio riesgo el futuro de este partido de ultraderecha. Su irrupción y punto de expansión se había dado, principalmente en los departamentos fronterizos a Brasil y en ciertas zonas rurales. Pero en estas elecciones, pareció actuar más, como el ala derecha del PN (su ultraderecha), que como un movimiento que busca polarizar en un futuro, en torno a sí mismo y en base a una identidad propia. Queda claro, que, sin su líder como candidato, no es lo mismo. Y que sus dirigentes locales, no tendrán ningún inconveniente en el futuro de seguir pactando con el PN, y eventualmente ser cooptados por este. En cualquier caso, el aporte de los cabildantes fue clave para que la derecha desplazara al FA en departamentos como Paysandú o Rocha (en este último, PN y CA votaron juntos dentro del mismo lema).

Además del encolumnamiento casi total de la coalición oficialista en estas elecciones, el otro aspecto clave, también predecible, fue el protagonismo que adquirió el presidente Lacalle Pou. Su participación activa en la campaña, con claros fines proselitistas (como solían hacer también sus antecesores), fue duramente criticada, tanto desde la oposición, como desde varios de sus socios de coalición, como varios dirigentes colorados, como el senador Tabaré Viera y el diputado Ope Pasquet. Su recorrida por el Interior, especialmente por departamentos en los que el PN era el desafiante al FA, como los del Litoral, en apoyo a sus candidatos, estuvo dentro de esta estrategia. Su popularidad en estos momentos, tras la implementación de la Ley de Urgente Consideración (LUC), y sus diversas medidas esperadas por vastos sectores de las clases medias bajas (aumentos de penas, derogación de la bancarización, portabilidad numérica en la telefonía celular, flexibilidad del instituto de adopción, etc), especialmente del Interior; eficaz manejo sanitario de la pandemia en comparación con el resto de la región en plena «luna de miel»; hacen que en las encuestas menos favorables, la misma roce el 60 %. Pero Lacalle Pou no sólo hizo valer su imagen en estas elecciones, sino fundamentalmente, su forma de conducción. Fue él quien decidió que Laura Raffo (hija del ex dirigente herrerista Juan Carlos Raffo, ministro durante el gobierno de su padre Luis Alberto Lacalle Herrera), ante la ausencia de consenso al interior de la coalición sobre la candidatura a la IM, fuera quien la ocupara. Priorizando, por lo menos de momento, las elecciones departamentales, fue quien decidió que se postergara el tratamiento del pedido de desafuero en el Senado de Manini Ríos, para después de estas, evitando pérdida de votos por el centro y por derecha, y que este líder de ultraderecha quedase en el centro de la escena. En estas elecciones, Lacalle Pou volvió a exponer su forma de conducción verticalista, en donde todo gira en torno a él. Es él quien habla con los otros líderes de la coalición, individualmente. Es él quien toma las decisiones generales de gobierno, quitándole lugar al Consejo de Ministros. Y en esta campaña, fue él quien tomó las decisiones más fuertes. Esta también es una victoria personal. Frente a la oposición, y frente al resto de sus socios, a los que les marcó la cancha.

Volver a empezar.

Como ya se dijo, desde la oposición el FA buscaba retener la mayor cantidad de intendencias, y al mismo tiempo, empezar a dirimir su interna. Ambos objetivos iban de la mano: la discusión de la interna, se iba a decidir en la elección departamental de Montevideo. Todos los sectores del FA, a excepción del MPP, se focalizaron en esta elección. Debido a ello, los tres candidatos expresaban, a grandes rasgos, los tres grupos en los que por ahora se divide la coalición: la favorita, Carolina Cosse, candidata del ala izquierdista, conformada por la alianza Partido Comunista – Partido Socialista, a la que adhirieron otros grupos como el Partido por la Victoria del Pueblo y Casa Grande; el ex intendente y candidato presidencial, Daniel Martínez, candidato de los sectores moderados y/o centristas; y Álvaro Villar, apoyado por una diversidad de grupos, entre los que sobresalían el MPP y el sector encabezado por Mario Bergara, precandidato presidencial en las elecciones internas de 2019.

El triunfo de Cosse, que prácticamente nunca llegó a estar en duda, confirma lo acontecido en las elecciones nacionales de 2019: la recuperación de los sectores de izquierda, y la decadencia de los centristas. La bancada actual del FA en el Parlamento refleja esta nueva realidad, reafirmada en la elección municipal reciente. Es por allí, que se debe mirar la pésima votación obtenida por Martínez. Al margen de la erosión de su figura, transcurrida desde la interna del año pasado que lo ungió como candidato presidencial (en la que, como cosa del destino, había derrotado a Cosse, también precandidata), a causa de actitudes personalistas, el poco entusiasmo militante que despertó su campaña, y el peso de la posterior derrota; ésta radicó en su base de apoyos, que se fue haciendo cada vez más reducida. Al final quedó limitada a los sectores moderados del FA, a los que su perfil renovador, más representaba. Y dichos sectores, en tanto responsables de la mayoría de las políticas públicas del tercer gobierno frenteamplista, de impronta neodesarrollista y tecnocrática, indiferentes para buena parte de la población (incluyendo votantes del FA), fueron quienes pagaron electoralmente los costos políticos. Tampoco la salida de Talvi del escenario político y la cada vez mayor mimetización del PI con los sectores más derechistas del gobierno, le devolvieron votos de centro.

Para colmo de males, la candidatura de Villar terminó de quebrar al ala moderada, arrastrando a varios de sus votantes que optaron por este candidato, en la polarización con Cosse. Con respecto a la candidatura de Villar, en condiciones normales, debería haber sido la triunfadora, si se toma en cuenta la mayor heterogeneidad ideológica de sus auspiciantes, en comparación con los de Cosse y Martínez. Esta diversidad oscilaba entre el nacionalismo popular del MPP y el neodesarrollismo de Bergara, pasando por el Batllismo disidente del ex diputado colorado Fernando Amado. Pero el apoyo del MPP, fue a medias y muy tardío, que, si bien le permitió a Villar acercarse a Cosse en votos, no le fue suficiente al final. Su verdadera prioridad fue siempre la reelección de Yamandú Orsi en Canelones, delfín de Mujica.

Habrá que ver qué acontece en las elecciones de autoridades del FA a realizarse el año próximo, y si esta tendencia se confirma, o si se producen nuevos realineamientos dentro de la fuerza política, que alteren los actuales equilibrios. La renovación de los liderazgos iniciada el año pasado con las elecciones internas, parece haberse concretado con la reelección de Orsi y el afianzamiento del binomio Andrade – Cosse. En lo que refiere al sector moderado, para «la sucesión» de Martínez (cuya carrera política tambalea, tras el fracaso electoral último), los aspirantes son varios: Bergara, el propio Villar y hasta quizás, el actual intendente interino de Montevideo, Christian Di Candia (quien asumió, luego que Martínez dejara el cargo en 2019, para dedicarse en aquel entonces a la campaña presidencial). Con relación a lo doctrinario, está la interrogante si este aparente giro a la izquierda, se termina traduciendo en lo programático, o si es un mero reflejo, propio de una fuerza de izquierdas que acaba de perder el gobierno, pasando, además, a ser oposición a una coalición oficialista de neoliberales, y militares ultranacionalistas y católicos.

Pero el balance general de estas elecciones departamentales, fue profundamente negativo para el FA. La magra votación en el Interior, que trajo la pérdida de las Intendencias de Paysandú, Río Negro y Rocha, como de decenas de municipios, es preocupante para la oposición. Es muy cierto que el resultado no era inesperado, si se mantiene el supuesto que estas elecciones eran una extensión de las nacionales de 2019. Y que, en vista de esto, el oficialismo hizo valer su popularidad por haber asumido hace pocos meses nada más, con las expectativas (e inclusive euforia) que ello genera en quienes le dieron su voto, y de paso, los recursos que le otorga su posesión del gobierno nacional. Lo que sumado, al descalabro del FA, que data desde hace bastante tiempo, combinado con su histórica dificultad en la mayor parte del Interior, no parecería sensato sorprenderse. También es cierto, que el FA manteniendo los gobiernos departamentales de Montevideo, Canelones y Salto, controla los territorios en donde reside el 60% de la población del país, y que, en términos absolutos, mejoró la votación con relación a la de 2019. Es evidente que se mantiene como la principal fuerza política del país, y que dará pelea en 2024, obligando a los partidos que van del centro a la derecha a mantenerse unidos. Pero, aun así, los motivos bastan para que muchos de sus dirigentes y votantes se preocupen.

La cuestión es compleja, y desde luego excede completamente, las posibilidades de un simple artículo como el presente. La cuestión estructural, vinculada a la tradicional debilidad de la izquierda en el Interior, plasmada en la poca e insuficiente militancia, prevalece en los primeros análisis. De allí se desprenden todo tipo de interpretaciones. Algunas de ellas tan compartibles como conocidas. Desde la propia falta de militantes, sea por decepción o desinterés en la política ; la desintegración de espacios de organización, que contrasten con los de la derecha; la falta de apoyo necesario de la dirigencia nacional; las poderosas redes clientelares construidas por los intendentes blancos y colorados, con el uso intensivo de los recursos de las comunas; la incapacidad para crear una contracultura de izquierda; ausencia de liderazgos o candidatos, fuertes o de prestigio, que en la política local, puedan hacer frente a los caudillos; conflictos internos, etc. Otras más extremas, comunes en los frenteamplistas montevideanos, responsabilizan a los votantes del Interior por no haber valorado las mejoras en las condiciones de vida alcanzadas durante los tres gobiernos nacionales del FA, recriminándoles el votar por tradición y por clientelismo (o sea, por «ignorantes»), y no por ideología, o racionalmente por un modelo conveniente. Seguramente omiten que una cosa es la política local y otra la nacional o montevideana, y que las necesidades, las formas de interacción y comunicación son diferentes, porque las formas de vida también son distintas. Y que al final del día, no es muy diferente calificar a alguien de «bruto» o «ignorante», que de «pichi», «vago», «degenerado», o «parásito del Estado», como suele ocurrir desde la derecha del Interior hacia «Bolchevideo» (forma despectiva de referirse desde la derecha militante al Montevideo dominado por la izquierda).

Es cierto que el FA encuentra sus limitaciones en el Interior, por expandirse electoralmente desde Montevideo hacia el resto del país. Desde una mirada lineal, rememorando las viejas corrientes políticas rioplatenses del siglo XIX, podría afirmarse que el FA cumple las condiciones de un partido unitario: base electoral urbana; tendencia más internacionalista y “modernizadora”; que privilegia lo nacional por encima de los particularismos locales; obsesionado con la uniformidad del espacio público y el iluminismo, al estilo batllista. Sin embargo, esta clase de definiciones, muy habituales en la historia en los discursos nacionalistas (en el sentido ideológico), como las de CA, opuestos a la modernización, propia del globalismo, suelen ser tan relativos como poco útiles para entender este tipo de fenómenos. Si bien ciertos discursos de izquierda cumplen con estas condiciones, de todos modos, una parte considerable de los mismos, han sido tan o más escépticos frente a estas cuestiones, que muchas derechas nacionalistas. Quizás no sea el momento más indicado para recordarlo, pero el FA ha reivindicado también el legado federal, de la “Patria Grande” y latinoamericanista, de cierto romanticismo, articulado de una retórica antioligárquica, propio de una izquierda nacional. Con esa impronta, el FA supo llegar en su momento, a ciertos sectores de la población, a los que los grupos de la izquierda más tradicional (socialistas, comunistas, etc.) o el progresismo, no habían podido. Tampoco los blancos son los federales del siglo XIX, como el FA los colorados de la Defensa. Por el contrario, hoy en día el PN como el PC, cumplen con las condiciones clásicas de una derecha globalista, que el internacionalista José Sanahuja (2017)[1] califica como “derecha de Davos”, de ideología neoliberal y defensora acérrima de la globalización (y de la política exterior norteamericana) . Tampoco, el expandirse desde la ciudad – puerto, hace una corriente política más elitista o menos democrática, que otra que lo hace desde el Interior profundo ganadero. Ninguno de estos dos espacios, son los depositarios exclusivos de la esencia nacional, y de lo popular, si es que se los puede ubicar concretamente.

 Dentro de «un juego de espejos» bien podría decirse que las adversidades que encuentra la izquierda en el Interior, equivalen a las dificultades que tiene la derecha en el área metropolitana (Montevideo y Canelones). Pero la sensación en estos momentos, es que es más grave aún, ya que no sólo se limita a aspectos estructurales o micropolíticos (que como ya se dijo, ya de por si son condicionantes). Sino que involucra además a la organización y a la estrategia, en dónde la Coalición Multicolor parece estar varios pasos adelante en estos momentos, cuyos problemas se suman a los habituales. Una muestra de esto, la dio la inesperada victoria de la Coalición Multicolor en el Municipio F, que abarca el noreste montevideano, en donde conviven clases medias – bajas y bajas. Allí, el FA se impuso a nivel departamental, pero en el municipal fue derrotado, porque muchos de sus votantes, no votaron a su candidato a alcalde. Parece muy relativa la explicación de que, a los votantes montevideanos del FA, no les interesa la elección municipal. Fue el propio FA desde el gobierno nacional quien impulsó la descentralización, que dio origen al «Tercer Nivel de Gobierno». Se suponía que las Alcaldías iban a reemplazar a instituciones ya existente como los Centros Comunales Zonales (CCZ), creados precisamente durante la primera intendencia frenteamplista (de Tabaré Vázquez) en 1990, cuyos miembros eran también electos por los ciudadanos. En política, un lugar abandonado por uno, es ocupado por otro. Porque también para organizar a la sociedad, son necesarios los espacios de Gobierno. Las Intendencias e instituciones afines, y las posibilidades que otorgan el uso de sus recursos, son un buen ejemplo de lo anterior. Pero está claro también, que con instituciones que descentralicen, no es suficiente para generar participación. La organización también es trascendente.

Las elecciones departamentales de 2020, no fueron distintas a las anteriores, en el sentido de que se combinaron el peso histórico de los partidos en cada uno de los departamentos, con el resultado electoral de las nacionales de 2019. Tras haber triunfado contundentemente en las nacionales de 2004, alcanzando por primera vez el gobierno nacional, el FA se hizo de ocho Intendencias en las departamentales de 2005. Ahora, el que sacó provecho fue el PN, que aumentó su número de Intendencias, siendo el FA el perjudicado, de la mano de su tradicional predominio en el Interior y con el apoyo de sus aliados. Ya el gobierno no contará con el efecto optimista que genera su «luna de miel», a lo que se le suma la fragilidad de su coalición. Y el FA será una oposición similar a la que era hace 15 años, pero con tres gobiernos suyos encima, y una izquierda a su interior que intenta asomar. Pero esto, no es un mero retorno a los 90′, dentro de un característico ciclo de auge conservador, sino que, en la política uruguaya, como en el resto del mundo, la nueva normalidad, también es la incertidumbre. Pasaron las elecciones, pero, por el contrario, esto recién empieza.


[1] “Posglobalización y ascenso de la extrema derecha: crisis de hegemonía y riesgos sistémicos” (2017), de José Antonio Sanahuja. Publicado en “Seguridad internacional y democracia: guerras, militarización y fronteras. Anuario 2016 – 2017” del Centro de Educación e Investigación para la Paz (Ceipaz).