Comer y ser comido: pensamiento y mirada de y sobre Bloom en Ulises de Joyce

Por Damián González Moreira

En una nota publicada en la web, el crítico español Carlos Manuel López Ramos, ha afirmado sobre el autor de Ulises: “Desde una perspectiva erótico-literaria, Joyce fue un desenfrenado onanista que se masturbaba el cerebro como si éste fuera una especie de carajo místico” (López Ramos, párr. 5). En estas líneas soeces y claras creemos, no obstante, que se alude sin rodeos al tema que nos convoca: la construcción del discurso poético en la narrativa de Joyce.

La siguiente lectura propone una mirada sobre algunas imágenes seleccionadas entre el extenso acervo de Ulises. A través de ellas, los lectores accedemos a las perspectivas propias de un narrador que construye y cede la voz al personaje Leopold Bloom. Nos proponemos ver algunos factores que potencian la construcción poética de estas imágenes desde una óptica de choque entre lo subjetivo y lo objetivo que se alternan para narrar lo que se come y lo que es comido.

El narrador

La presentación de Bloom por parte del narrador deja una sensación de arbitrariedad que resulta extraña ya que, a diferencia de una novela tradicional, no se describe físicamente al protagonista ni se contextualiza su aparición. Incluso la descripción de Bloom es distinta que la propia presentación de Buck Mulligan o Stephen Dedalus. Las observaciones sobre Bloom no construyen al personaje de una manera esperable sino que parece ser una lista de sus gustos personales que bien podría haber sido detallada por un carnicero como por cualquier otra persona. Esta arbitrariedad, conjuntamente con la particular disposición del discurso, deja expuesta la técnica de la narración y llama la atención sobre sí. De tal manera se construye la enunciación de acuerdo a la función poética del lenguaje, que “proyecta el principio de equivalencia del eje de la selección al eje de la combinación. [De modo que] La equivalencia pasa a ser un recurso constitutivo de la secuencia” (Jakobson 360). Asistimos a la creación de Bloom de la misma forma que a la de Alonso en la obra de Cervantes pero acaso de un modo más frontal. Vemos entonces que en la narración existe la creación, sea esta imitativa o no, ya que “Narrar es administrar un tiempo, elegir una óptica, optar por una modalidad (diálogo, narración pura, descripción), realizar en suma un argumento entendido como la composición o construcción artística e intencionada de un discurso sobre las cosas.” (Pozuelo, 231).

El narrador que nos presenta a Bloom parece querer mostrarnos su propia voz para componer el cuadro, del mismo modo que un cantante acomoda la pieza con el fin de beneficiar la proyección de su propio registro. La voz avasallante del narrador, que en algunas ocasiones le cede la palabra a Bloom, marca el pasaje de los extensos discursos “objetivo” a la visión subjetiva de Bloom.

Mirando a Bloom

“El hombre es lo que come”. Feuerbach

El capítulo IV de Ulises se inicia con una exposición de las preferencias alimenticias de Leopold Bloom, a quien aún no hemos “conocido”. El narrador decide presentárnoslo aludiendo primeramente a ellas. Se trata de la instalación en las percepciones sensoriales del personaje entre las cuales se destacan las percepciones gustativas. En don Quijote se da también una extensa referencia culinaria pero, a diferencia de la presentación que Cervantes hace del hidalgo Alonso Quijano, en Joyce no se realiza una connotación de la situación económica del protagonista a través de la comida que ingiere, sino una mera exposición de las preferencias que lo deleitan. Mientras que Alonso comía lo que podía, Bloom come lo que le gusta y, a través de la presentación del narrador, podemos notar la presencia de una inclinación visceral que se extenderá en adelante. Se trata, no obstante de la imagen que se ha dado de Bloom, una presentación que de alguna forma lo define desde el comienzo.

Jorge Luis Borges en su serie de conferencias recogidas en el volumen Siete Noches (1980) observa una característica común en la forma en que Dante presenta a los condenados que habitan el infierno, esos personajes de cuya historia sólo observamos un fragmento escogido arbitrariamente por el autor florentino. A propósito de los mismos dice el maestro argentino: “Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo” (pág. 8). Si bien en Ulises la presencia de Bloom es principal, y por lo tanto no tendremos una única definición de él, creemos que igualmente, a lo largo de la obra, se

da un efecto significantes parciales que construyen una imagen en un nivel de complejidad laberíntico, signado por pensamientos y acciones de muy distinta índole. Esta suerte de sinécdoque de la psicología del personaje resulta definitoria para la primera aproximación, ya que ofrece un marco de referencia donde, como lectores, ubicaremos al personaje.

«A Mr. Leopold Bloom le gustaba saborear los órganos internos de reses y aves. Le gustaba la sopa de menudillos espesa, las mollejas que saben a nuez, el corazón asado relleno, los filetes de hígado empanados, las huevas de bacalao fritas. Lo que más le gustaba eran los riñones de cordero a la plancha, que le proporcionaban al paladar un delicado gustillo a orina tenuemente aromatizada

Tenía los riñones en mente mientras se movía en la cocina…» (Joyce 61)

La objetivización de los subjetivo

La imagen poética surge de la disociación entre la forma escogida para la descripción de las costumbres culinarias de Bloom y la experimentación vivencial que suponemos que tiene. Por tanto surge una imagen que, pese que sabemos que a Bloom le genera placer, es muy posible que sintamos repugnancia ante la forma objetiva en que está expuesto el catálogo, ya que de la unión entre las imágenes evocadas y la apelación a la experimentación sensorial de la materia, surge la evocación de praxis vital. Esta suerte de presentación antojadiza, ofrece un totum creador desde la mirada del narrador. Si bien, a la hora de leer, en el discurso se dan al mismo tiempo la descripción y la creación personaje, generalmente una presentación convencional permite que prevalezca lo mayormente descriptivo. No así en poesía, donde el pacto alerta al lector con anterioridad sobre la importancia no sólo de la temática planteada sino también sobre la necesidad de fijar la atención al tratamiento del tema y se valora la polisemia. Si bien la enumeración de las preferencias culinarias de Bloom se presenta en una suerte de catálogo objetivo, se trata de una mirada arbitraria que proyecta el narrador, donde se nos ofrece una información poco relevante para lo que se espera conocer de un personaje cuya presencia se extiende por toda la obra. Al respecto Gamerro observa que “el Ulises propone una perspectiva exclusivamente secular y terrena sobre la vida humana. Y para esta celebración de la vida en lo que tiene de más cotidiano, material y sensorial, debe convocar a Leopold Bloom.” (98)

La enumeración de las costumbres alimenticias del personaje generan a través de una exposición grotesca, el pasaje de lo trivial a lo extraño. La alimentación es de las cosas básicas que, por ser necesarias, es notorio que debemos cubrir. Una narración puede desarrollarse sin aludir a la alimentación, así como es innecesario aludir a la respiración. Ambas actividades son connaturales al ser humano y aludir en el texto a ellas puede tener el fin de aportar verosimilitud al texto. O también, como en el caso de Ulises, resultaría atractivo para incluir lo cotidiano de una forma diferente poniendo énfasis en el discurso mediante el cual se alude al hecho. El párrafo citado, con el que da inicio el capítulo IV, resulta ser un ejemplo de este segundo caso, ya que genera en el lector una sensación de extrañamiento por el tono en que se habla de la comida. Parece tratarse de un tipo de registro propio del área de la anatomía. Así la acepción “órganos internos” no parece pertenecer al universo de lo gastronómico y aún menos al de los manjares, ya que usualmente no nos referimos en esos términos a la comida. Las referencias a la alimentación convencionalmente están pensadas para evocar lo comido en términos de alimento, no en el orden de los objetos o según su procedencia, por lo que en estos discursos abundan las reticencias y los eufemismos. Preferimos evitar evocar que el lechón es una cría o bebé de cerdo, del mismo modo que cuando nos referimos a las achuras no evocamos su función en el cuerpo del animal. Estas reticencias suelen darse por el placer enajenante que provoca la degustación, dado que preferimos pensar en ello, no pensamos en las condiciones o las implicancias que tiene el alimento antes de ser tal. En ese punto se constituye en un fetiche.

La acumulación de “menudillos”, “mollejas”, “corazón”, “filetes de hígado”, no resulta al narrador lo suficientemente precisa, sino que detalla la preparación, posibilitando en el lector la percepción gustativa, olfativa y visual casi en la reproducción del acto culinario.

No solo existe un discurso despreocupado hacia los términos en que se refiere a la alimentación, sino que se detalla la preferencia por los “riñones de cordero” y se especifica la razón. Lo escatológico se hace presente en la especificación de la preferencia: “le proporcionaban al paladar un delicado gustillo a orina tenuemente aromatizada”. Teniendo presente que “se entiende por escatológico en sentido estricto lo referente a los excrementos, siendo un excremento: «cualquier materia repugnante que despiden de sí la boca, nariz u otras vías del cuerpo»”. (Roig 2).

Las referencias de este tipo son permanentes, así por ejemplo, el narrador nos hace saber la sensación que experimenta Bloom al entrar a una carnicería: “Los relucientes embutidos rellenos de carne picada, le alimentaron la vista y aspiró sosegadamente el hálito tibio de la condimentada sangre de cerdo cocida” (Joyce, 66). Del mismo modo, aquí se observa la atracción que genera la sangre, un elemento que suele ser parte de la reticencia. Con el mismo apetito, o con el mismo afán de saciarse, puede observarse en la siguiente cita la avidez con que se entrega a la gula:

“Leopoldo cortaba trozos de hígado. Como antes se dijo, le gustaba saborear los órganos internos, las mollejas que saben a nuez, las huevas de bacalao fritas mientras que Richie Goulding, Collis, Ward comía carne con riñones, carne luego riñones, bocado a bocado de empanada él comía Bloom comía ellos comían.” (Joyce 309).

Pero no sólo repararemos en la inclinación fetichista a la consumición de achuras sino la forma en que el narrador compone las imágenes en una suerte de recapitulación anafórica del capítulo IV en el XI. Ahora incorpora la presencia de otros comensales. Así se reitera lo que come Ward, primero desde un modo general y luego estableciendo el orden.

La importancia asignada a la comida parece recordar aquella afirmación del Ulises homérico: “no se pueden disimular las instancias del ávido y funesto vientre, que tantos perjuicios les origina a los hombres” (Odisea, XVII, 202.).

La inclinación del hombre por la carne no es un tema nuevo, el mito de Prometeo parece arrojar luz a la relación entre los hombres y la carne:

«La primera vez arbitró un conflicto entre los dioses y los hombres para determinar qué parte de los animales inmolados correspondería a cada uno una vez sacrificados. Prometeo descuartizó un buey y formó dos montones: por una parte la carne y las entrañas cubiertas con la ensangrentada piel del animal, y por la otra los huesos, atractivamente envueltos con blanca grasa. Zeus, seducido por el apetitoso aspecto del montón grasiento, dejó la mejor parte a los mortales». (Martín 369-70)

La explicación mitológica no hace más que justificar lo ritual del acto de comida, puntualizando la importancia asignada entre los griegos de los sacrificios en honor a los dioses. La comida en Bloom parece la celebración de un rito materialista donde el fetiche de la degustación de “órganos internos” cobra un protagonismo característico del personaje.

La subjetivación de lo objetivo

Un proceso similar se da luego, en la carnicería, cuando Bloom observa a una muchacha que está comprando delante de él. El narrador ofrece un marco situacional objetivo y le cede la voz al personaje para que este desnude su subjetividad. La técnica de la narración está dada por una alternancia entre el relato objetivo y el monólogo interior de Bloom. En el plano del discurso no existe frontera ni demarcación que distinga a entre lo uno y lo otro.

«Un riñón rezumaba gotas de sangre en la fuente sauzalestampada: el último. Esperó al lado de la chica de los vecinos. ¿Lo compraría también, pidiendo los artículos de la lista que tenía en la mano? Agrietada: la sosa de lavar. Y una libra y media de salchichas Denny. Sus ojos descansaron en las vigorosas caderas. Woods se llama él. A saber a qué se dedicará. La mujer es algo vieja. Sangre nueva. No se permiten pretendientes. Un buen par de brazos. Meneando la alfombra en el tendedero. Y qué bien la menea, señor mío. La forma en que la falda torcida se mueve con cada meneo.

El tocinero de ojos de hurón dobló las salchichas que había tijereteado con dedos a manchas, rosasalchicha. Buena carne tenemos ahí: como vaquilla de engorde».  (Joyce 66)

La presencia de la sangre continua, prolongando así una descripción del alimento que resulta desagradable. La expectativa ante la posibilidad de que la joven se lleve el último riñón establece una relación de oponentes entre ella y Bloom. No demorará en aflorar un especie de erotismo. El narrador insinúa la posibilidad de la oposición por el último riñón, objeto de deseo de Bloom. En el inconsciente de Bloom este hecho lo vincula a la joven. Esta tensión acentúa la atracción y el erotismo generado por la comida, de la que el narrador da cuenta: “Un riñón rezumaba gotas de sangre”. Luego de la presentación que tenemos de Bloom, esta descripción no nos ofrece dudas acerca de la atracción que siente el personaje hacia el riñón y los chacinados en general. Basta recordar las alusiones en términos de placer a la “sangre de cerdo cocida”. Inmediatamente después de que la joven empleada pide las salchichas, distendida la tensión Bloom olvida la oposición para concentrarse en la mujer. A juzgar por los términos en que se desarrolla el monólogo interior de Bloom, la joven representa ahora el objeto de su deseo. Por el narrador sabemos que se detiene en las caderas de la mujer. Luego se inserta en la línea discursiva un pensamiento del personaje. Así se funden el discurso del narrador en el de Bloom, en una suerte de torrente que acentúa el discurso en sí. Una vez instalados en el monólogo interior de Bloom, las apreciaciones del narrador se vuelven hacia él potenciándolo, de manera que en esta imagen, el narrador está al servicio del personaje: “La mujer es algo vieja. Sangre nueva. No se permiten pretendientes. Un buen par de brazos. Meneando la alfombra en el tendedero. Y qué bien la menea, señor mío. La forma en que la falda torcida se mueve con cada meneo.” (66). La connotación de estos pensamientos torrenciales dan lugar a varias inferencias. Por un lado el personaje repara en la relación entre el empleador y la joven criada de sus vecinos. En breves palabras concluye que la joven criada es la querida de su patrón. Estas imaginaciones están basadas en la convicción de que el patrón, ante la edad de su esposa ha sentido la necesidad de probar “carne joven”. No obtenemos ninguna afirmación que sustente estos dichos sino la mera opinión, fundada sencillamente en una atracción que él mismo muestra tener hacia la muchacha, cuando menea la alfombra. De hecho “el meneo” resulta polisémico, porque al menear la alfombra se menea la pollera y el cuerpo de la mujer. La mujer resulta ser apetecible para Bloom, la locución interjectiva así lo muestra: “señor mío”. Poco después el narrador reforzará esta visión cuando cuenta que “Mr. Bloom señaló rápidamente. Para alcanzarla y caminar detrás de ella si iba lentamente, detrás de sus jamones rebullentes. Placentera visión lo primero por la mañana.” (Joyce 67).

Podemos afirmar, desde la mirada crítica de Helene Cixous (1995), que el hombre (Bloom) ve que “La mujer buena será, (…) la que «resista» bastante tiempo para que él pueda experimentar en ella su fuerza y su deseo (quiero decir que «existe»), y no demasiado a fin de darle a gozar, sin demasiados obstáculos, el retorno a sí mismo que el realiza, crecido -afianzado a sus propios ojos.” (36, 37). Desde el punto de vista ideológico, aquí tenemos un ejemplo no sólo de la pulsión de Bloom manifestada hacia la mujer, sino de su mirada animalizante, donde el objeto de deseo se conforma como un ser pasivo que sólo puede alimentar y ser comido. No se trata de una mera objetualización de la mujer, sino que, desde el punto de vista de las pulsiones y deseos esta mujer resulta apetecible de una forma tan visceral como la preferencia por las achuras.

Comer y expulsar

Anteriormente hicimos referencia a la presencia de lo escatológico en la descripción de los gustos gastronómicos de Bloom con referencia a la presencia y el gusto del aroma a orina en la comida. Pero eso no es representativo en la más mínima medida. Por ello nos detendremos un instante en la observación del pensamiento del personaje. Situado en la carnicería, mientras observa-devora a la joven que está comprando las salchichas, Bloom se detiene observando los recortes de papel con los que el tocinero envuelve los chacinados. Resultan ser folletines de propaganda sionista, vaya ironía, nada menos que entre la carne de cerdo… Bloom comienza a leer un anuncio que, al parecer, difunde el proyecto un colonizador del benefactor judío Moises Montefiore. Rápidamente sus ojos se sitúan en una imagen:

“Una vaquilla blanca. Aquella mañana en el mercado de ganado, las bestias mugiendo en los corrales, ganado marcado, plaf y plof del excremento, los criadores con botas claveteadas caminando penosamente por la porquería, dando alguna palmada a un cuarto trasero de carne a punto, esa pieza es de primera…» (Joyce 66).

La presencia de las heces no tarda en aparecer, en una línea de pensamiento donde se alude a “una vaquilla blanca” que bien recuerda a las palabras del carnicero cuando despacha las salchichas: “Buena carne tenemos ahí: como vaquilla de engorde.”

(66). Esta referencia del tocinero parece ser polisémica, dado que se está a la vista en el momento en que Bloom observa-devora las caderas de la joven criada. Obsérvese el deíctico “ahí” en referencia a “la buena carne”. Esto está dicho en un contexto donde el comerciante no puede estar haciendo referencia más que a la mujer, dado que tiene las salchichas en la mano. De referirse a la mercadería, la forma apropiada sería “buena carne tenemos aquí”. Así parece confirmarlo el texto original: “The ferreteyed porkbutcher folded the sausages he had snipped off with blotchy fingers, sausagepink. Sound meat there: like a stallfed heifer.”. “There” se traduce como “allí” o “ahí”. Si el carnicero hablara de las salchichas, la palabra indicada sería “these”, que se traduce como “estas” o “here” aludiendo a “aquí”: “El tocinero de ojos de hurón dobló las salchichas que había tijereteado con dedos a manchas, rosasalchicha. Buena carne tenemos ahí: como vaquilla de engorde.”(66). La mujer es comparada con una vaca en engorde, lo que perite que después, a través de la vaca que Bloom ve en el folleto, evoquemos a la joven que está presente en la carnicería en ese momento.

La mujer antes observada-devorada por Bloom, ahora está dentro del mismo orden que la vaca, y la imagen del excremento evoca a la mujer-animal cuyas “ancas”2 hace un instante observaba Bloom, que luego saldrá ras la joven para intentar ver sus “jamones”.

La mirada devoradora de Bloom y del carnicero “de ojos de hurón” parece digerirse a través del discurso subliminal que establece una complicidad entre ambos. La mujer compra y abandona el local. Bloom la ve alejarse mientras ahora la denuesta imaginándola con otro hombre en un ejercicio de excresión, es decir, expulsar los desperdicios del alimento.

Comer lo prohibido:

“los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu.” Romanos 8:5

Lo sucedido en el capítulo XIII no demuestra ser diferente en cuanto al impulso y el deseo de satisfacción de Bloom. Allí se relata un episodio de masturbación. Bloom es visto como el elemento masculino activo y a Gerty MacDowell, el objeto de su deseo, encarna el elemento femenino pasivo en el marco de la siguiente cita donde se dice de

Gerty:

“Se recostó hacia atrás para mirar a lo alto donde estaban los fuegos artificiales y se cogió la rodilla con las manos para no caerse de espaldas al mirar a lo alto y no había nadie que viera sólo él y ella cuando enseñó del todo sus garbosas piernas bellamente contorneadas ya ves, sedosamente suaves y delicadamente redondeadas, y le parecía oír el jadeo de su corazón, su respiración fatigada, porque ella también sabía de la pasión de hombres como aquél, de sangre caliente” (Joyce 419)

Si bien, en este caso, el lenguaje con que se describe es menos voraz, y más sutil, parece estar salpicado del patetismo de la masturbación, que se vuelve irónica cuando el hombre descubre que el objeto donde posó su apetito tiene “fallas”.

Cuando Bloom observa a la joven bañista, la toma y la devora a través de su imaginación, pero conserva el pudor de ser visto al constatar que se trata de algo prohibido. Este pudor es purgado mediante la eyaculación, simbolizada a través de los fuegos artificiales. Cuando finalmente devora la imagen de la joven mediante la liberación de su fantasía, transgrede una prohibición que refuerza el erotismo. El hecho de realizar algo prohibido ejerce un estímulo extra. La eyaculación es producto tanto de la imagen como de la transgresión. Los franceses suelen aludir al estado de conciencia post-eyaculatorio como “le petite mort” o “la pequeña muerte”. La transgresión provoca y refuerza el erotismo que, como en el génesis, es coronado con una muerte: “«…del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día en que de él comieres, ciertamente morirás.»” (Génesis 3:17.). Bloom toma a la joven Gerty MacDowell como el motivo que lo lleva a la transgresión, la Eva tentadora que da placer y da muerte, en este caso, una pequeña muerte, a la francesa.

Así el protagonista masculino objetualiza al femenino al tiempo que lo crea y lo contempla, se dedica a la atención de sus propias pulsiones que son vehiculizadas a través de la masturbación. El cuadro parece cambiar ante la comprobación de un hecho morboso, luego de la idealización prolongada y de una actividad del pensamiento vinculada a la estimulación imaginativa que se sirve de la mujer real. Algunos capítulos antes podríamos comprobar el tratamiento a una mujer a la que observa como a un plato de comida. Al mismo tiempo la erótica gastronómica transforma la contemplación de los alimentos en un acto grotesco, por su léxico y por las características propias de estos alimentos (panceta, riñones, achuras, entrañas) que muestran una voracidad por la carne y, especialmente, por los cortes que son consumidos por placer más que por supervivencia.


Bibliografía:

Borges, Jorge Luis. Siete Noches. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1980.

Cixous, Heléne (1995). La risa de la medusa. Barcelona: Anthropos.

Gamerro, Carlos. Ulises. Claves de lectura. Buenos Aires: Norma, 2008.

Jakobson, Roman. “Lingüística y poética”. Ensayos de lingüística general. Barcelona: Seix Barral, 1975.

Joung, Carl Gustav. ¿Quién es Ulises?. Web. Consult. 29. Oct. 2017. < http://lbd-libros.blogspot.com.uy/2016/10/quien-es-ulises-carl-gustav-jung.html >

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Martín, René. Mitología griega y romana. Madrid: Espasa, 2005. Pozuelo, José María. “Teoría de la narración” , en VV. AA., Curso de Teoría de la Literatura. Madrid: Taurus, 1994, pp. 219-240.

Segarra Bonet, María. (2006) El discurso ideológico en Ulises de James Joyce: narrativas de dominio y opresión. Tesis: Universidad complutense de Madrid.

Roig, Marie. “Escatología y filosofía en Quevedo”. Criticón, 99, 2007, 57-66.