Ordenamiento afectivo de Lucio Muniz

Sobre su libro “y el mundo simplemente era memorias desordenadas»

Por Hamid Nazabay

Pasados algunos años de la partida física de Lucio Muniz, el 3 de abril de 2017, como homenaje, reeditamos este artículo que reseña uno de sus principales libros.

El título, tan sugestivo (“y el mundo simplemente era” –extraído de un pasaje del capítulo ‘El Barrio’–), denota un agregado, una conclusión de algo que la trama narrativa viene desarrollando, que ubica un tiempo, el pasado (“era”), con un sujeto del enunciado que mira desde el presente. Uno al leerlo podría estar frente a una novela o un poemario; se trata de un enunciado versátil y abierto. En este caso el subtítulo aclara la situación y potencia al título: “memorias desordenadas”. Así, suponemos que ese mundo que ‘era’ será recordado en un relato subjetivo, autobiográfico; pero en la gráfica no se ubica el autor para reconstruirse, sino que hace su propia gráfica, desordenada, según entiende y siente. Es que es el mundo (interno y externo) de Muniz el que se despliega: contando sucesos de distintas épocas, de los diversos ámbitos artísticos, sociales, familiares y hasta azarosos por los que transitó; a veces con alegría, otras con dramatismo, develando intimidad con voz confesional.

La publicación y su tono son importantes hoy en el marco de afanes editoriales. No hay aquí la extensa entrevista o las ‘n’ charlas con un periodista ocasional. No hallamos felizmente la desgrabación de lo hablado in extenso para ser capitulado. Tampoco la biografía de un presunto investigador al que el protagonista ha facilitado todos los datos. Ni la autobiografía clásica. En suma, no la transcripción sagaz (a veces edulcorada o adulterada), sí la inscripción real de autoría.

Llamativo es que el libro no contenga índice. Más que un desconcierto a la lógica clásica del lector, con el devenir de la lectura y de los ‘mundos que eran’, este aventurará que un índice-guía no será necesario. La guía es el discurso mismo que se ordena íntimo, sin linealidad que el orden social establece, y sí como vivencia que se crea y recrea continuamente en idas y vueltas. Ello se nota en ese ir y venir –físico y psíquico– a Santa Rosa, lugar de residencia del autor, intercalado con Montevideo. Santa Rosa es como un centro gravitatorio, real y simbólico, desde el cual, centrífuga y centrípetamente, se accede a lo más primario (la familia) hasta lo más reciente y concreto (la poca iluminación de la plaza de esa ciudad canaria).

Entonces, estas memorias desordenadas tienen un orden trazado por la afectividad que se ordena con el discurso en recuerdos vívidos conectados a sentimientos presentes o que los despiertan, a veces con inquietud e incomodidad bien manejada y tramitada por quien tiene vida y experiencia.

A la temporalidad convencional se le suma la atemporalidad singular, por eso no es la biografía tramada por una lógica racional, seca, formal y hasta defensiva, y sí es el devenir subjetivo el que se enraiza aquí y allá con lógica vital, azarosa y puesta en juego, abierta, sin destacar u omitir tendenciosamente.

Pero, por lo comentado, no piense quien lee estas líneas que reseñamos un libro de dilectaciones filosóficas, existenciales (aunque las tenga). Ello se desprende, para nosotros, de la esencia del libro, que, por supuesto, cuenta con tópicos y aspectos concretos, donde encontramos el itinerario de un creador polifacético que se recorre a su modo.

La presencia de Santa Rosa es notable, como aludimos, por residencia temporal del poeta. Aparece la guitarra, como el instrumento que cultivó y con el que tiene un vínculo particular, que también lo ligó a la canción, área abordada, así como la poesía. El barrio montevideano de crianza, que tan entrañablemente retratara en la milonga “A mi calle”, está presente junto a la Treinta y Tres natal. Amistades y familia surgen con afecto y agradecimiento, reconociendo apoyos importantes para su creación. No está exenta su vida laboral, que tiene sinsabores y gratificaciones, donde un artista fundamental nos descubre “lo humano” en peripecias comunes a todos. Lo mismo acontece con la salud y la enfermedad, con situaciones airosas y otras a atender, pero de las que la creación se ha visto favorecida: “La magnolia del Maciel” es un celebrado son cubano que homenajea a ese nosocomio y, en otro tiempo y lugar, la poesía surge contemplando motivos decorativos de una sala de internación. Interesante e inédito es lo dicho en el capítulo ‘El Cuartel’. Si bien Muniz ha sido motivo de muchísimas entrevistas, en las que ha volcado casi todos los planos de su biografía, esta vez reviste novedad: revela duros pormenores de su período de reclusión política en 1972, en “pre”dictadura; lo hace con austeridad, tal vez porque nunca hizo uso de ello para otros fines. Viajes por distintos países de la región están evocados con la anécdota, el cuento, la canción, y con curiosidades: como su contacto con Edmundo Rivero en Buenos Aires, siendo emisario con una carta (aparece escaneada) que Agustín Carlevaro enviara al cantor recomendándole cantar dos temas de Muniz. A lo esbozado se agregan fotos que ilustran momentos y documentos variados, y un apéndice que contiene el listado discográfico (individual y colectivo), la obra literaria y los homenajes recibidos.

Este material que versa sobre una figura destacada de la cultura, con incidencia en varias áreas, es fundamental. Es importante encontrar en un volumen unitario aspectos de su vida, que por lo general estaban desparramados en entrevistas impresas y audibles o en artículos de publicaciones periódicas. Ayuda a conocerlo más, a él y a los ámbitos por los que transitó, ya que la evocación de hechos, lugares y personas es constante.

Cuando una vida se vuelca al papel, y esa vida tiene qué decir y es con honestidad, es festejable acercarse a su lectura, tratando –porqué no– de descubrirnos a nosotros mismos como sujetos históricos en comunión social.

Ficha Técnica:

Título: “y el mundo simplemente era (memorias desordenadas)”.

Autor: Lucio Muniz

Editorial: Yaugurú

Páginas: 125

Año: 2014

Lugar de edición: Montevideo.

Medidas: 16 x 24 cm.