Crisis de la globalización y acción política de la “Nueva Derecha”

Por Pablo Figueroa

Foto Agencia AFP

La irrupción con fuerza de la ultraderecha en Occidente, desde el triunfo electoral de Donald Trump en 2016 en las elecciones presidenciales de EEUU, es el fenómeno político característico de la actualidad. Mucho se ha escrito y resta por escribirse al respecto. En un artículo de 2017, que bien vale la pena desmenuzar, el internacionalista español José Antonio Sanahuja, reflexionaba sobre esto, en el marco de la crisis que vive actualmente la globalizacion. Alli, Sanahuja explicaba el auge de la extrema derecha, como el resultado del colapso de la globalizacion, lo que se deriva, a su vez, de una crisis de hegemonía en materia de gobernanza. En tal sentido, su hipótesis es que la inestabilidad fruto de dicha crisis de hegemonía (en el sentido gramsciano), ha generado un contexto propicio, que ha sido aprovechado de manera eficiente por estas “nuevas derechas”, convirtiéndose en actores políticos centrales. Desde un enfoque de teoría crítica, Sanahuja utiliza en su estudio el método de análisis de las estructuras históricas, de autores como Cox (1981) y Gill (1995); en el que se combinan estructuralismo (globalizacion), con teoría de agencia. Primero, describe la crisis de la globalizacion; luego, la capacidad “de agencia” de la extrema derecha actual en tal escenario; para concluir, que la consolidación de esta última, aunada a las transformaciones productivas resultantes de los avances tecnológicos, contribuyen a una mayor fragmentación del sistema internacional, y con ello a la perpetuación de su crisis. A continuación, se da cuenta de cada uno de estos puntos. 

“Nueva Derecha”, nuevo “contramovimiento”.

Para el abordaje de la crisis del actual proceso de globalización, el autor recurre al filósofo húngaro Karl Polanyi, quien denominó en general al fenómeno como “la gran transformación” (debido a su capacidad de haber transformado a los factores productivos, como el trabajo, materias primas, etc, en mercancías). Polanyi en su obra homónima, se dedicó al estudio de la globalización, identificando su inicio en la Revolución Industrial a mediados del siglo XVIII. Esta se extendió hasta la Primera Guerra Mundial, entrando en crisis a partir de ese momento, e iniciando una etapa de profunda inestabilidad, signada por la Crisis del ’29, y posteriormente la Segunda Guerra Mundial, cuyo telón de fondo fue el cierre progresivo del sistema internacional. Durante este período, aparecieron una serie de corrientes políticas, que propusieron alternativas diversas de tipo radical, denominadas por Polanyi como “contramovimientos”, con el objetivo de restaurar la sociedad anterior a la de la globalización, desplazando al mercado como centro de las relaciones económicas, entre las que se destacaron el comunismo, y el fascismo, principalmente; siendo este último derrotado militar y políticamente, en la Segunda Guerra Mundial. Según Sanahuja, a partir de la Posguerra, en los países occidentales bajo el amparo del modelo keynesiano, se desarrolló una etapa de crecimiento económico sostenido (llamada “la edad de oro del capitalismo” por el historiador británico Eric Hobsbawn), caracterizada por la reducción de la desigualdad y la mejora de las condiciones de vida de la población, internacionalizada por los acuerdos de Bretton Woods, que duró hasta principios de los ’70. La crisis del petróleo de 1973 y la irrupción del modelo neoliberal a principios de los ’80, abrieron el camino para una “segunda globalización”, que si bien comparte rasgos fundamentales con la anterior (mayor producción, a causa de una mayor productividad, mediante la incorporación de nueva tecnología; concentración de la mayor parte de la producción, el comercio y por ende el capital, en polos productivos, es decir, potencias hegemónicas del momento; y un sistema de gobernanza internacional liberal, respaldado por dichas potencias, que brinda seguridad, mediante reglas de Derecho estables, instituciones económicas sólidas, etc.); se ha distinguido por la aplicación de un modelo posfordista que ha alterado significativamente a las cadenas globales de suministros a nivel productivo, haciendo más trasnacional al capital, como al factor “trabajo”; y en lo estrictamente político, una mayor pérdida de poder del Estado – Nación, obligado este ha adaptarse a las reglas de un modelo global neoliberal. 

El autor se concentra en particular, en la deslocalización de las empresas de los países desarrollados, como aspecto clave de la segunda globalización. Por razones de costos, en las economías centrales se ha producido desde la década de los ’80, una deslocalización de la actividad productiva, trasladándose esta hacia los países en desarrollo, al encontrar allí mano de obra más barata, así como mayores facilidades legales y fiscales para instalarse. Pero no solo el capital se ha movido como nunca antes, sino también se ha producido una inmigración masiva de trabajadores desde los países en desarrollo, hacia los centrales. Las economías de estos últimos han crecido de manera considerable, representado por el aumento exponencial de la inversión extranjera directa (IED) hacia los países en desarrollo, la que a partir de 1980 a la actualidad se incrementó en un 35%. 

Pero los mayores beneficiados de esta globalización según Sanahuja, fueron los países emergentes. Mediante el boom de las exportaciones (principalmente de commodities) registrado a partir de fines de los ’90, y la recepción de inversiones procedentes de los países desarrollados, que les permitió aumentar el nivel de empleo, así como la mejora de su infraestructura, alcanzaron tasas de crecimiento de su producto bruto sin precedentes. A su vez, muchos de ellos lograron desarrollar una considerable industria local.  Las clases medias de estos países se incrementaron, consiguiendo salir mucha gente de la pobreza. Paulatinamente, varios de estos países se fueron posicionando globalmente como claves en determinados mercados, exigiendo mayor representación y poder, en los distintos organismos internacionales. 

El sostén ideológico de este sistema, «racional” y optimista, ha sido lo que el politólogo alemán Ulrich Beck, denominó globalismo; lo que, en palabras del politólogo estadounidense Francis Fukuyama es el Estado Universal Homogéneo: la combinación aparentemente hegemónica y perfecta, de democracia liberal con economía de mercado. 

La crisis de 2008 marcó el comienzo del colapso de esta globalización. La demanda internacional se contrajo y el sistema financiero internacional implosionó con “la crisis de las hipotecas” (“burbuja inmobiliaria”). Los problemas estructurales del modelo, quedaron totalmente expuestos. 

En los países desarrollados, la desigualdad, y por tanto la pobreza, aumentaron, a causa principalmente de la reducción del ingreso, vía caída del empleo. Muchas de las empresas que habían deslocalizado su producción, optaron por retornar a sus países de origen (o sea, a los desarrollados), por razones de costos, impulsadas en buena medida, por políticas de sus gobiernos, con las que buscaban palear la crisis. El desempleo allí reinante y el déficit, debían ser superados en base a su relocalización. 

La crisis fue rápidamente trasladándose a los países emergentes, que vieron reducido su comercio, por la caída de las exportaciones. El crecimiento se frenó, y las clases medias empezaron a manifestar su desconformidad, por la merma de sus ingresos. El capital y la inversión extranjera se volvieron más escasos, aumentando la disputa entre estos países por hacerse de ellos. La necesidad de mejorar la competitividad producto de esto, ha derivado en planes de ajustes, con las consecuencias de mayor pobreza e inestabilidad macroeconómica. El proceso de relocalización de las otrora multinacionales en sus países de origen, así como la creciente digitalización de los procesos productivos, a costas de un aumento del desempleo (algo que también analiza Sanahuja, y que, en estos momentos de pandemia mundial, bien merece su reflexión), han hecho el resto. 

 Varios de ellos (China, Rusia, Turquia, etc.), bajo la ambición de incrementar su influencia, y codearse con las potencias (lo que los distanció del resto de los emergentes); pero también urgidos por lograr estabilizar la situación ante la crisis, han ido minando la endeble gobernanza que regía a la segunda globalización. Sanahuja responsabiliza en gran medida a los países emergentes de la erosión definitiva del frágil multilateralismo. Con su inclusión, los organismos multilaterales no han ganado capacidad proactiva y reactiva (por ejemplo, con el pasaje del G7 al G20). Ante esto, estos países han impulsado otros paralelos, que lo que han hecho es “balcanizar” más aun las reglas de juego y los acuerdos. A lo anterior, se suma el desprestigio de EEUU tras sus desastrosas intervenciones militares en Afganistán (2001) e Irak (2003), así como el fuerte rechazo que despierta en general su política exterior, lo que representa “la decadencia de Occidente y sus valores universalistas”. El propio EEUU ha contribuido a esta crisis del multilateralismo, propiciando acuerdos megaregionales (como el TTP, por ejemplo), que dificultan todavía más la gobernanza. El resultado de esto es evidente: ante la ausencia de un poder hegemónico (por la incapacidad de EEUU para liderar, dado su desprestigio en los países emergentes); la existencia de organismos supranacionales (ONU, OMC, FMI, OCDE, etc.) desgastados y arcaicos para estos tiempos; y la alta proliferación de reglas, convenciones, y otras entidades alternativas que se superponen, la gobernanza del sistema se torna tremendamente difícil. Es decir, en la actualidad hay multipolaridad, sin multilateralismo. 

Más allá de cierta «agencia» de los Estados (expresada principalmente en materia geopolítica), la globalización es insostenible, a raíz de sus propias características estructurales. La globalización dispersa el poder, pero solo en favor de los mercados, trasnacionalizándose el capital. Los Estados en cambio, como señala Rodrik (2011), al cual Sanahuja cita, ceden soberanía ante las normas (formales e informales) que rigen a dichos mercados, lo que produce la desnacionalización de sus elites políticas, como también las económicas. Esto deriva en la erosión de la democracia, puesto que las sociedades perciben que poco pueden hacer a través de la elección de sus representantes, los que, en definitiva, desde el gobierno están condicionados por el contexto internacional. Las clases bajas de los países desarrollados, las clases medias de los emergentes, así como los pobres y los siempre excluidos del Tercer Mundo por la globalización, son el terreno fértil para la aparición de las extremas derechas. Las que, en un escenario altamente inestable e incierto, sin una dirección clara, que da el margen para una gran diversidad de actores políticos, irrumpirían a modo de «contramovimientos».  

«Nueva Derecha», ¿nueva agencia?

El elemento teórico innovador que introduce Sanhauja en su análisis, y por tanto el fuerte de su trabajo, es la implementacion de la «teoria de agencia», en el estudio del auge de las extremas derechas, complementada al enfoque estructural. Está claro que la globalización por sí sola, pese a sus condicionamientos, no explica el protagonismo que dichas corrientes vienen adquiriendo a lo largo y ancho del mundo. Es necesario también, estudiar cómo se relacionan estos actores con este entorno inestable; los insumos que le proporciona y qué es lo que producen políticamente, en tanto sujetos.   

La crisis de la globalizacion proporciona a estas derechas, una amplia base social descontenta, aparentemente carente de representación política. Frente a ella, estas extremas derechas despliegan un discurso claramente antisistémico, que tiene por objeto darles forma a esas demandas populares, o de ser necesario, construirlas. Sanahuja distingue las tres direcciones en las que se orienta dicho discurso. Primero, la búsqueda de deslegitimación de las élites políticas y económicas tradicionales, responsabilizadas por la situación, dado su fuerte perfil internacionalizado. Segundo, una fuerte exacerbación de la inseguridad como problema, bajo una prédica «securitaria», que busca poner a la nación en alerta, ante todo lo «externo», que supuestamente puede atentar contra su seguridad (inmigración, por ejemplo). Y tercero, una «narrativa antiglobalización» mediante la cual promover el rechazo a toda influencia del mundo global, y por consiguiente «el cierre al mundo». Un discurso en el que se entremezclan elementos antidemocráticos, racistas, xenófobos, chauvinistas, bajo un supuesto nacionalismo que los articula. Al igual que la propia crisis, estas “narrativasaparecen primero en los países desarrollados (que son los primeros en manifestar rechazo por la globalizacion), y casi como efecto derrame, se expanden hacia el resto. Al triunfo de Donald Trump en EEUU en 2016, le siguieron los de Bolsonaro en Brasil (2018), Boris Johnson en Gran Bretaña (2019), el del Cinque Stelle en Italia (2018). Así como la irrupción con fuerza de AfD en Alemania y Vox en España, y la consolidación del Frente Nacional en Francia; por nombrar solamente a algunos de los tantos movimientos y líderes políticos ultraderechistas, que se sumaron a otros que ya llevaban mucho tiempo al frente de los gobiernos de sus países, como Putin en Rusia, Erdogan en Turquía u Orban en Hungría.  

Pero para el despliegue de este discurso, es necesario recurrir a los más innovadores y eficaces instrumentos de comunicación y persuasión política. En el artículo se destaca a las redes sociales (con incorrección política mediante) como un medio de direccionamiento de la agenda política, colocando temas, manipulando la opinión y la información (fake news), creando muchas veces una realidad paralela, llevando el debate hacia una mayor polarización. Si se piensa esto en perspectiva histórica, no es algo novedoso, puesto que las extremas derechas han sido siempre pioneras en el empleo de los más sofisticados recursos comunicacionales.

Nueva Derecha, ¿nueva categoría en un mundo “posglobalizado”?

De su análisis, Sanahuja obtiene como resultado que el tradicional eje izquierda – derecha, predominante a la hora de ubicar a los actores políticos según su ideología, se ha complejizado, dada la importancia que ha adquirido por esta crisis, la postura frente al escenario global. De aquí en más, al habitual conflicto distributivo que divide a la izquierda de la derecha (y viceversa), se sumaría el de la integración internacional. La Política Exterior dejaría ser algo exógeno, tecnocratizado, elitista o indiferente al debate político cotidiano, y empezaría a discutirse con mucha mayor intensidad. El internacionalismo liberal, supuestamente de “centro” (algo ya de por sí, discutible) dejaría de ser hegemónico. El cosmopolitismo y todos los valores que de él se desprenden, parte clave de la globalizacion, desde la economía de mercado, la democracia liberal, los Derechos Humanos, hasta los reclamos por el cuidado del medioambiente, aparecen cuestionados seriamente por estas “derechas alternativas”, mediante todo tipo de posturas antiglobalizadoras.

Sanahuja construye, mediante el entrecruzamiento de ambos ejes, izquierda-derecha y globalizacion-antiglobalizacion, una tipología (válida al menos para Occidente) compuesta por cuatro clases de partidos y/o movimientos políticos. Una primera, la centro derecha o derecha moderada (“derecha de Davos”): integrada por las derechas liberales y conservadoras, clásicas de la Posguerra; neoliberales y partidarias de intensificar la globalizacion. Una segunda, la centro izquierda o izquierda moderada (“progresismo cosmopolita”); básicamente, las socialdemocracias de la Posguerra; izquierdas cosmopolitas, que defienden el internacionalismo, pero cuyo objetivo de sus programas es regular la globalizacion, mediante regulaciones al mercado y la democratización del espacio público (“concepción de ciudadanía global”, multilateralismo, derechos ambientales, diversidad, etc.). Una tercera, la de “las izquierdas alternativas” o izquierdas soberanistas; antiglobalizadoras; partidarias de la autogestión; contrarias al mercado, a las multinacionales, y a las instituciones internacionales tradicionales. Y una cuarta, la de las extremas derechas, a las que el autor define como antineoliberales, nacionalistas, tradicionalistas a nivel religioso y social.

Esta clasificación, basada en tipos ideales y pese a surgir de una combinación esquemática de estas dos díadas, bien podría afirmarse que adolece de algunas inconsistencias. En primer lugar, no parece ser lo suficientemente exhaustiva a la hora de clasificar muchos casos, algo que el propio Sanahuja reconoce al pasar en su artículo. Por ejemplo, cuesta catalogar a las socialdemocracias europeas de manera precisa, como “izquierdas globalistas”, ya que, dentro de ellas, conviven sectores progresistas de izquierda, con otros que son decididamente neoliberales (esto es admitido por el autor). Lo mismo ocurre con el dualismo “globalizacion – soberanismo”. Existen izquierdas como Podemos en España, con posiciones y retóricas globales sobre determinados asuntos (agenda de derechos, defensa del medioambiente), y en otros de tipo soberanista (economía y gobernanza global); en el caso de muchos de los movimientos y partidos de izquierda latinoamericanos, la categorización se vuelve todavía más compleja. 

En segundo lugar, esta clasificación da cuenta esencialmente de las diferencias discursivas entre izquierdas y derechas, de un tipo y otro, “en el llano”. Pero no tanto, a la hora de gobernar. En el caso de las derechas, han existido varios ejemplos de convergencia política entre neoliberales y “antineoliberales”. Es cierto que, en los casos de las democracias europeas, debido al régimen de gobierno parlamentarista (que, excepto el británico, hace muy difícil la conformación de mayorías legislativas), las derechas liberales y conservadoras se han visto obligadas a aliarse con las extremas derechas, debiendo subordinarse en muchas ocasiones a estas últimas. Pero esta dinámica viene presentándose también en muchos presidencialismos. El caso del gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil, parecería un buen ejemplo de esto, dado el apoyo que le viene otorgando el núcleo duro del liberalismo económico de dicho país, con presencia fuerte dentro de su elenco político. Trump logró en EEUU tener a buena parte del aparato del Partido Republicano (no todo, como por ejemplo el ala neocon) a su merced, al igual que Johnson al del Partido Conservador en Gran Bretaña. Por otra parte, lo mismo puede decirse que se viene registrando desde el lado de las izquierdas, como lo refleja el actual gobierno de coalición en España, entre el PSOE, una izquierda internacionalista, y Podemos; lo que parece indicar, la preminencia a la larga del eje izquierda – derecha por sobre las posturas frente a la globalización. 

Y, en tercer lugar, si bien es cierto que las extremas derechas poseen un discurso fuertemente antiliberal, se han hecho del apoyo masivo de movimientos que hunden sus raíces ideológicas en el liberalismo, e incluso, en el anarquismo. Tal es el caso, de las corrientes de libertarios, que, si bien no son neoliberales, ya que tienen una noción más minimalista aun del papel del Estado, no solo frente a la economía, sino en el ámbito público en general, se reivindican como herederos de la doctrina liberal. En consecuencia, esto merecería mayor investigación aun, y/o apoyarse simultáneamente, en los aportes realizados por otros investigadores, como el historiador israelí Ishay Landa, que indaga en su obra acerca de la relación históricamente ambivalente entre liberalismo y fascismo. 

La perpetuación de la crisis, genera incertidumbre, lo que hace muy difícil estimar que pueda ocurrir de aquí en más. Esto el autor lo deja muy en claro en su trabajo, a modo de conclusión. Los problemas estructurales de la globalización dejarían en claro que las extremas derechas llegaron para quedarse, en tanto son actores protagónicos en el actual escenario. Pero que, seguramente, su propia mecánica le permita a la globalización, reajustarse, y reconvertirse para poder sobrevivir, como ha venido aconteciendo en los últimos 250 años. Porque la trasnacionalización productiva parece muy difícil de ser revertida, contribuyendo fuertemente en los últimos años a ello, la cada vez más creciente digitalización de los procesos. Las extremas derechas, a la larga, perderían su fuerza actual. Por tanto, esta crisis, que podría mantenerse durante mucho tiempo más, sería a la postre pasajera, como parte de un ciclo. 

Pero, a diferencia del propio Sanahuja, puede afirmarse, de que independientemente de que ello ocurra o no, está claro que la actual crisis abre oportunidad para muchos otros actores políticos también. Y que, tanto las izquierdas, como los sectores democráticos en general, algo pueden hacer para cambiar esto. Porque aún existe la democracia, y que, por ello, las actuales extremas derechas no son necesariamente las mismas que las del período de entreguerras. Todas llegaron al poder, y se mantienen en él, en un contexto en el que las instituciones democráticas, aunque en algunos casos a muy duras penas, continúan en funcionamiento. Al menos por ahora. Y que, a través de esto, lo que venga no necesariamente sea más de lo mismo, que lleve a que la historia se repita nuevamente. La política, aunque esté en crisis, tiene mucho por hacer aún.