Bolsonaro, clase media y democracia

Por Pablo Figueroa

Desde la noche del pasado domingo 7 de octubre, muchas han sido las columnas de opinión, editoriales, reportes, dedicados a explicar lo que para casi todos era impensado que ocurriera, y por tanto lo que en estos momentos aparece como inexplicable. ¿Cómo fue qué pasó?. ¿Cómo prácticamente ninguna de las decenas de encuestas realizadas lo anticipó, por lo menos en su magnitud?. ¿es cierto que existe “el voto silencioso”?. ¿Cómo fue posible, que quién hasta hace dos años era un ignoto diputado por el Estado de Río de Janeiro, cuyo discurso discriminador, no solo rechaza a las mal llamadas “minorías” en Brasil (homosexuales, lesbianas, musulmanes, etc.), sino que también a los negros y a las mujeres, esté “en las puertas” de ser presidente de la quinta economía del mundo?. ¿Cómo pudo lograr, Jair Bolsonaro, al cual conocimos en el momento de dar su voto a favor del impeachment a la ex presidenta Dilma Rousseff, en la Cámara de Diputados, y dedicárselo al oficial del Ejército acusado de torturarla, durante su reclusión en medio de la última dictadura brasileña, que casi la mitad del país votara por él? Por la cantidad de análisis políticos realizados hasta el momento, daría la sensación a priori que hay poco que agregar. Sin embargo, por lo escuchado y leído hasta el momento, modestamente, creo que podría ser productivo a efectos explicativos, encarar el asunto desde un enfoque alternativo, a los que tienden “a rendir más” en términos de audiencia y difusión, en especial desde los medios masivos de comunicación, como la excesiva focalización en el abordaje de la corrupción generalizada que se ha vivido en estos últimos años en el sistema político brasileño.

Es innegable que la corrupción desgasta a un partido y/o dirigente político, a nivel electoral, en el marco de una democracia. Es cierto que el procesamiento con prisión del ex presidente “Lula” Da Silva por el caso Lava jato, terminó siendo sumamente determinante en el resultado electoral del pasado domingo; ya que si éste se hubiera podido postular como candidato presidencial por su partido, el caudal de votos recibido por el propio PT, habría sido seguramente mayor, tal y como lo sostuvieron durante mucho tiempo diferentes encuestas. Pero, en términos concretos, la situación es más compleja. En primer lugar, si bien es cierto que el candidato del PT, Fernando Hadad, no evitó que el partido cayera 11 puntos porcentuales con respecto a las elecciones anteriores de 2014, obtuvo en estas, un poco más del 29%; lo que en un sistema de partidos altamente fragmentado como el brasileño, en muchas fuerzas políticas, no es nada despreciable. Que el PT, pese al encarcelamiento de su líder y natural candidato a presidente, la salida de la presidencia a través de un impeachment por parte del Legislativo de Rousseff, y las múltiples causas de corrupción en la Justicia, que han involucrado a muchos de sus cuadros políticos, haya promovido una candidatura que concentró casi el tercio del electorado, no es poco. Segundo, si fueron los casos de corrupción los que principalmente llevaron a la caída del PT, ¿qué cabría decir de la performance electoral de otros partidos tradicionales de la postdictadura brasileña, también involucrados en varios casos de corrupción como el Lava jato y el Menselao?. Si se compara la actuación del PT, con las de los otros partidos en cuestión, podría decirse que no salió tan mal parado. Por ejemplo, el PSDB, cuyo ex candidato presidencial Aecio Neves, enfrenta en estos momentos un juicio por estar involucrado al Lava jato, del 34% de votos obtenidos en 2014 por el anterior, sufrió una caída abrupta de casi 30 puntos, a un 7 %  en estas elecciones. El candidato del PMDB, Henrique Meirelles, del partido del presidente Temer, muy complicado ante la Justicia Federal, apenas alcanzó el 1,6% de los votos. Por ende, en resumen, podría afirmarse, que de seguir con esta línea argumental, que los casos de corrupción afectaron más a otros partidos, que al propio PT, que aún sigue siendo una fuerza política relevante en Brasil, y en el peor de los escenarios, el principal partido de oposición al futuro gobierno de Bolsonaro. También, siguiendo con dicha lógica, cabría preguntarse por qué el electorado brasileño, disconforme con la ola de corrupción política, no votó por otros candidatos “antisistema”, también críticos de dichas élites políticas como Marina Silva, la que apenas obtuvo un 4% de votos, y si por uno de extrema derecha como Bolsonaro. ¿El voto castigo masivo, fue solo contra el PT, y el resto de los partidos tradicionales?, ¿o fue, más bien, un fuerte rechazo a la izquierda, de la que el PT (y sus aliados) es su expresión mayor? El que otros candidatos como Marina Silva, de izquierda, hayan tenido una nefasta elección, da la pauta de por dónde habría que comenzar a reflexionar.

Para empezar, al analizar los resultados electorales a lo largo y ancho del país, se constata que al PT le dio la espalda, en particular, un actor clave de toda democracia capitalista: la clase media. Si solo se mira lo ocurrido en los dos distritos más importantes de Brasil, en cuanto a magnitud electoral, que además son los que poseen mayor Índice de Desarrollo Humano (IDH), y por consiguiente mayor población perteneciente a los sectores medios en proporción al total, los Estados de San Pablo y Río de Janeiro, se observa que el apoyo en dichos estratos sociales a Bolsonaro fue prácticamente masivo. Esto se deduce al comparar los resultados obtenidos por los distintos partidos en ambos estados, en la elección presidencial, y en la elección estadual (elección a gobernador), las cuales no son vinculantes, por lo que cada elector puede votar en cada caso, a una opción distinta. Por ejemplo, en San Pablo, Bolsonaro arrasó en la elección nacional, tanto en la presidencial, como en la del Congreso, obteniendo un rotundo 53%. Mientras a nivel de la gobernación del Estado, dos partidos, el PSDB y el PSB, el primero de centro derecha y el segundo de centro izquierda, concentraron entre ambos casi el 60%. En el caso de Río de Janeiro se produjo una situación similar: Bolsonaro también se impuso a nivel presidencial con un 59%; mientras que en la lucha por la gobernación entre el PSC y Demócratas (primero y segundo), dos partidos de derecha moderados, reunieron un poco más del 60 % de los sufragios. Tomando en cuenta, el supuesto (discutible, por cierto) que las clases medias tienden a votar mayoritariamente a candidatos y/o partidos moderados, cercanos al centro político, se arriba a la siguiente contundente conclusión: mientras paulistas y cariocas votaron a nivel de sus Estados (local) a partidos moderados (incluso de centro izquierda) a nivel nacional lo hicieron por un candidato de extrema derecha como Bolsonaro. Como se ve, hubo una correspondencia casi exacta entre los votos obtenidos por Bolsonaro en ambos distritos, con las opciones moderadas que prevalecieron localmente. Esto además demuestra como Bolsonaro absorbió a casi todo el centro político. En el caso de la centro derecha brasileña (PSDB, PMDB, Democrátas), resulta más que evidente. De allí el desastre electoral de estos partidos en estas elecciones.

A simple vista, desde una mirada de mediano plazo, resulta casi irrisorio que la mayor parte de la clase media brasileña haya votado contra el PT. Buena parte de esta clase media, en especial aquella catalogada en Brasil como “Clase C”, es decir, la clase media baja que se configuró durante los gobierno de Lula y Dilma Rousseff. Esas 50 millones de personas que integran ese nuevo estrato, y que no hace mucho estaban por debajo de la línea de pobreza, en su mayoría habían apoyado la reelección de Rousseff en 2014, debido a las políticas redistributivas que se implementaron, y de las que se beneficiaron. Sin embargo, la caída del PBI brasileño en el último quinquenio, el incremento de la inflación y la suba de impuestos con fines de ajuste fiscal, rompieron esa sintonía. La incapacidad del PT desde el gobierno para asegurar  un crecimiento sostenido de la economía, como la de hacer frente a la posterior crisis, idea alentada por la centro derecha en las elecciones de 2014, fue algo que dicha fuerza política no pudo revertir. Brasil, como es sabido, es uno de los países con mayores niveles de violencia y criminalidad del continente, problema al que dichos gobiernos del PT, al igual que otros gobiernos de izquierda de la región, no le encontraron solución efectiva. A esta percepción de incapacidad gestorial, tanto en materia macroeconómica, como en la lucha contra la inseguridad, que se fue generalizando, se sumaron “al cóctel explosivo” las derivaciones judiciales y políticas de los ya nombrados casos de corrupción, con el impeachment a Rousseff en el medio, que fueron erosionando las posibilidades petistas.

Pero lo anterior no hubiera tenido tal impacto devastador para el PT y el resto de la izquierda, como el que tuvo, si no apareciera un candidato tan competitivo a nivel electoral, como Bolsonaro, típico de estos contextos, en donde confluyen crisis económica y desprestigio generalizado de las élites políticas tradicionales. Pero Bolsonaro, como personaje político, no es un individuo aislado, por donde se lo pretenda analizar. Es, por un lado, la encarnación de un cambio de época que se viene procesando en América Latina, y desde hace un buen tiempo en Occidente, al menos. Representa lo que esta nueva clase media, tercermundista en dicho caso, en especial de sociedades estructuralmente conservadoras, viene demandando: una restitución de los status tradicionales. Veinte años atrás, a la salida de las crisis económicas, mexicana de 1995, la brasileña de 1998, y la argentina de 2001, los sectores medios reclamaban a viva voz a la clase política, redistribución del ingreso, de la mano de políticas sociales que atendieran la emergencia social vivida por esos cataclismos. Esto conllevó a una reivindicación del papel del Estado en el desarrollo nacional, lo que en términos electorales, se tradujo en el arribo de una diversidad de fuerzas políticas de izquierda al poder; desde el propio PT en Brasil, el Kirchnerismo en Argentina, hasta el Chavismo en Venezuela. Este escenario redistributivo, se trasladó a muchos ámbitos además del estrictamente socioeconómico, como al cultural, mediante el reconocimiento a los pueblos originarios de dichas naciones, así como a grupos raciales, como negros, mestizos, etc, también históricamente postergados, al igual que los primeros; las mujeres, carentes de casi todas las mismas oportunidades que los hombres, en todos los ámbitos, en lo que los enfoques de género jugaron un papel clave; y al de las minorías tradicionalmente segregadas, como los gays, trans, lesbianas, etc  Es más que claro que para quienes apoyan a candidatos como Bolsonaro, esto es doblemente intolerable. Por un lado, porque pone en tela de juicio la tradicional supremacía de las categorías “blanco”, “hombre”, “heterosexual”, “rico”, propias de esta parte del mundo. Por el otro, el reconocimiento de estos derechos, ha sido percibido por estas personas, como la resignación de buena parte de su espacio individual, reflejado en más impuestos para solventar tales políticas sociales; la restricción de diversos abusos tradicionales a través de las reformas del Código Penal, con el fin de garantizar los mismos; la proliferación de un discurso desde los Gobiernos que reivindica estas cuestiones, frente a posiciones más liberales – conservadoras, etc. O sea, para que dichos derechos estén realmente vigentes y sean respetados, se ha requerido de un Estado más presente, lo que a los votantes de derecha les suele molestar. En resumen, Bolsonaro viene a cubrir con esta demanda de redistribución de status tradicionales.

Tampoco Bolsonaro es un individuo aislado, en cuanto a fuentes o bases de apoyo político. Su candidatura (si en algún momento lo fue), está lejos de constituir un movimiento de carácter meramente ciudadano, que irrumpió, casi espontáneamente, en este momento de aparente vacío político en Brasil. Hoy por hoy cuenta con apoyo masivo de gran parte del empresariado, y otros diversos sectores productivos. También de académicos. Si existe un país en que los partidos políticos presentan una gran debilidad frente a las élites tecnocráticas, ese es Brasil. Esto está claro si se analiza, por ejemplo, su Política Exterior, la que no suele traspasar los muros del Palacio de Itamaraty, sede de la Cancillería brasileña, en la capital, Brasilia; por lo que la misma, ha sido tradicionalmente casi que una política de Estado, al margen de los cambios circunstanciales de partidos en el Gobierno. En ese sentido, desde la caída de Rousseff por lo menos, varios sectores de la tecnocracia y empresariado brasileño han coincidido en la necesidad de abandonar el modelo de desarrollo neodesarrollista, que el país venía implementando con mucho éxito desde mediados de los 90´ más o menos, por una estrategia de corte liberal. La falta de competitividad frente a colosos comerciales de la actualidad como China, en materia de exportaciones, y la impredecibilidad a nivel de los mercados, por las consecuencias que puedan deparar el cierre de las economías, ante el incremento de los nacionalismos en el mundo, han conllevado a un replanteo de la situación. Por ende, la llegada al poder de Bolsonaro, quien anuncia una liberalización absoluta de la economía brasileña en caso de ser elegido presidente, les es favorable a dichos sectores. No es casualidad por consiguiente, el que haya recibido el apoyo masivo de los sectores productivos de tipo extractivo, como los estancieros y los de la minería; Hadad por el contrario solo ha contado con el favoritismo a lo largo de la campaña del pequeño y mediano comerciante, el que ve una amenaza en Bolsonaro, por la inevitable reducción en el consumo interno, que conllevaría sus eventuales medidas económicas. Otro sector, con fuerte penetración social, especialmente en las clases medias bajas y bajas urbanas, y de gran poderío financiero, que lo ha apoyado unánimemente, es la comunidad evangelista. Su perfil conservador, opositor a las reivindicaciones de género, diversidad y laicas, realizadas por la izquierda, como su coincidencia con el discurso autoritario de Bolsonaro, han facilitado tal alianza. Cerca de la cuarta parte de los brasileños, son evangelistas, dato no menor a la hora de analizar sus chances electorales. Este fenómeno, el de la incursión del Evangelismo en la política en América Latina, al que se suma al caso brasileño, el antecedente de la exitosa candidatura del predicador Fabricio Alvarado en Costa Rica, el cual llegó a forzar un balotaje, merecería un análisis más pormenorizado.

Finalmente, en medio de este dilema redistributivo para los sectores medios, aparece la cuestión democrática. Está más que claro, que Bolsonaro posiblemente alcance la Presidencia de Brasil a través de la gran mayoría de los votos el próximo 28 de octubre. Sin embargo, su llegada al poder abre enormes dudas acerca del futuro de la estabilidad democrática en Brasil. Sus reiteradas muestras de escepticismo acerca, no solo de la clase política, sino también de las propias instituciones democráticas, respaldan esta idea. En consecuencia, bien podría afirmarse que la gran mayoría de los brasileños que sufragaron, y sufragarán por él, especialmente las clases medias, están dispuestas a resignar buena parte de su libertad individual, no solo política, sino la meramente civil, en pos del orden, mayor libertad económica y depuración de las élites políticas. Un costo a pagar, no solo muy elevado, sino que innecesario, y por sobre todas las cosas, innegociable desde el punto de vista ciudadano.